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sábado, 20 de agosto de 2011

En busca de Bobby Fischer: desvíos... cine... ojalá...


Llevaba días dando vueltas a cómo empezar este texto. A priori, la repetición de un gol en el PES 2011 llamó mi atención por el uso de la profundidad de campo, cosa que me llevó a equiparar mi estupidez con mi curiosidad y, con ello, a prestar atención a si realmente el ojo humano desenfoca aquello a lo que no prestamos atención. Con ello pretendía enlazar las mentiras que aceptamos creer del cine con el film de Zaillian, en tanto que las películas son puntos de fuga inmaculados sobre los que tejemos texturas tangibles en las que vivir nuestra propia vida. La realidad es material sobre el que construir una ficción eterna en forma de fotografías y videos cada vez más sofisticados, donde el ojo del aficionado ha aprehendido las formas que visten al cine.

Pero azar o nostalgia se cruzan de improviso, y tras un film de Garrel era imperativo repasar el video que de la boda de una de mis hermanas hice. Ya en ese video buscaba huir de formatos caseros, manipulando tiempos y sucesos a mi antojo a sabiendas que ese video será, finalmente, el único testimonio perenne del evento. Siete años y un divorcio han pasado ya. No hubo descendencia. La chica que iba de mi mano emigró a brazos más cálidos y los rostros de mi familia son una sombra de antaño. Mi sobrino ya es un hombretón y mi padre un señor mayor que ya vio marchar su último tren. Y ahora todo cobra sentido, porque ese video es una ficción, el reflejo de algo que ni tan sólo existió, un momento del que no queda rastro sino tan solo mentiras. Mentiras sobre las que llorar, no solo porque no ocurrieron, sino porque las tuvimos en la mano y las dejamos escapar, dejando vivo su recuerdo y, en él, el aroma amargo de la oportunidad marchitada. Las imágenes son, a veces, refugio.

El Washington Square cinematográfico ...
 
En busca de Bobby Fischer es un manual sobre cómo deberían ser las cosas fuera del celuloide, una visión idílica del drama con final feliz que exigimos a ese cine en el que buscamos cobijo, ese cine cuya conclusión marca un camino racional o emocional, en un claro síntoma del rol que el cine representa en nuestras vidas. Cuando un film dramático cierra en hálito de esperanza, identificamos nuestros anhelos a las imágenes e interiorizamos los hechos para llevarnos el film a casa en el pecho, mientras que los finales demoledores, aquellos que fusilan la lucha, tendemos a valorarlos desde la prudente distancia que marca la racionalidad, aceptando su condición de cine y, por ello, su evidente ficción e improbable cabida en nuestro devenir diario. Probablemente el adverbio "mañana" sea el único gran motivo de la existencia del cine, el que da sentido a la esperanza.

Por ello es difícil apartar la mirada de la opera prima de Steven Zaillian ya que, en su condición de drama clásico, sublima todos y cada uno de los quehaceres de sus protagonistas como si fueran definitivos, y más cuando la infancia se cruza con el drama y la lucha con el mito. Así es como la adaptación de la infancia real de Josh Waitzkin encuentra su hueco a base de un juego agresivo y vertiginoso, donde el tempo de lo cotidiano se abandona por el efectismo que demandamos en la experiencia impostada que supone una película. Porque aceptamos lo verosímil en tanto que resulta probable en nuestras manos, mientras que rechazamos emocionalmente lo increíble (en cuanto a drama se refiere) alegando la escasa viabilidad (y utilidad) que ello tendría en nuestra vida. Ya saben, "la palabra precisa, la sonrisa perfecta" que cantaba Silvio...


El Washington Square real ...


En En busca de Bobby Fischer todo es perfecto y equilibrado, casi quirúrgico, haciendo pivotar sobre su protagonista un reparto coral que añada los suficientes momentos bisagra donde el consejo de cada uno de ellos se convierte en trascendental para el inevitable enfrentamiento del joven contra la adversidad, representada por otro jugador juvenil de ajedrez. Así el clásico aprendizaje de nuestro héroe pulula sobre los problemas adultos de su entorno, adquiriendo así la madurez necesaria, no solo para tan noble arte, sino para la vida misma, hecho para nada baladí sino condición necesaria para ganar profundidad argumental en un film sobre, a priori, una temática minoritaria.

Por ello el film se antoja como un ideal intangible sobre como debería ser el paso a la madurez, donde no hay hecho ni frase gratuita o estéril, donde los pequeños conflictos se solucionan en la misma escena, quemando etapas a ritmo cinematográfico y con un absolutismo conductual que no deja lugar a dudas sobre cómo deberían resolverse los conflictos si la vida fuera como el cine. Así es como, ante el cine, reaccionamos como ante una bofetada (si lo rechazamos como pura ficción) o como ante un consejo (si aceptamos su juego), porque el visionado de un film supone un bombardeo de experiencias significativas basadas en ficciones que desafían al gris de lo cotidiano, donde nada ocurre como el cine nos ha enseñado, donde no somos protagonistas ni tenemos la respuesta perfecta. Por eso el visionado de un video de boda se convierte en una oda a la nostalgia, porque el cine es el reflejo de todas las oportunidades que dejamos marchitar.

 

sábado, 23 de julio de 2011

La recomendación del lector


Bueno, tras un prolongado periodo de reflexión, es hora de decantarse por alguna de vuestras propuestas. Así que intentando repartir elecciones me quedo esta vez con la propuesta de Marguis, En busca de Bobby Fischer, segunda apuesta ajedrecística de esta sección tras Fresh, propuesta por Mr.Lombreeze. ¡Gracias a todos por vuestras recomendaciones!

 

sábado, 25 de junio de 2011

La recomendación del lector


Venga, que ya vamos por la número 42 (tetragésimo segunda, para gastar bytes) edición de esta popular sección donde proponéis pelis, elijo una, escribo sobre ella y con algo de suerte quien la propone lee lo que escribo. Tomaros la libertad de llamar a mi puerta con vuestras propuestas.

 

sábado, 18 de junio de 2011

La puerta del cielo: Life happens...


Me he criado en una familia esencialmente de izquierdas, aunque prácticamente apolíticos, más aferrados al populismo partidista que no a la conciencia crítica. La inercia es el cobijo de quienes creen que no pueden cambiar nada y, si se va la luz, se va primero en casa propia y después en el resto del vecindario. Por ese sentimiento izquierdista arraigado sin cuestionamiento alguno me sorprende escuchar a mi infante sobrino despotricar contra los inmigrantes por causa y motivo de las ayudas económicas que reciben y que a él le vendrían de perlas para adquirir el enésimo videojuego de moda, amparado en arribistas sentencias fruto de una multiculturalidad disjunta. Total, la culpa es siempre del vecino.

Ante eso no puedo más que reflejar lo actual que resulta un film como La puerta del cielo, cobijando en mi sobrino las dos facetas que Cimino plantea: la pérdida de la inocencia y la xenofobia, ambas íntimamente ligadas. Porque al fracaso siempre se le buscan padres mientras de los méritos siempre reclamamos la paternidad y, en ese proceso, gota a gota, cerramos puertas a sueños cuidados con mimo durante años para asumir un presente que creemos equivocado, una distopía que no hemos pedido ni creado y que no admite devolución sino que invita a la queja mascullada. Ya se sabe, la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes.


Así arranca La puerta del cielo, con la vital graduación universitaria de unos jóvenes dispuestos a comerse el mundo, la antesala del triunfo convertida en un instante donde mortalidad, fracaso y tristeza parecen conceptos creados para otros. Fundido a negro, elipsis y la imagen misma de la decepción: un hombre de aspecto descuidado durmiendo en un tren. Si bien el tren representa el viaje omitido, el aspecto del protagonista choca frontalmente con la pulcritud vista en su presentación, así como la inagotable jovialidad se torna en la apacible e improductiva cabezada impensable en quien se mostraba incansable en su búsqueda de la felicidad. Con ello Cimino siembra ya el núcleo emocional de su narración: la nostalgia.

A partir de aquí el relato crece a lo ancho, añadiendo variables sentimentales e ideológicas para elevar su canto a la pureza de la juventud en un país/mundo obstinado en convertir sueños en quimeras. Y en ese desarrollo vemos como la aparente simpleza a la que invita la ingenuidad se torna en retorcidas problemáticas más propias de quien ya no tiene sueños: ni la chica del bueno es realmente suya, ni el malo no solo no es tan malo, sino que es amigo íntimo del bueno y pretendiente de la chica. Es en esa elipsis que hay tras el arranque donde el cine esconde habitualmente lo superfluo, lo innecesario, lo que llamamos vida y que básicamente es el incidente que motiva el resto del metraje.

Todo lo demás en La puerta del cielo es anticlimático, desubicado, incómodo, como la amargura de un infante, que no debiera estar ahí. Supongo que es cierto aquello de que jamás se vuelve al hogar, y que a medida que crecemos cada vez estamos más lejos del sitio en el que queremos estar, tiñéndose blancos y negros en grises y con un amargo bagaje de errores que definen lo que somos. Por todo eso el film de Cimino se antoja como el último refugio de los perdedores, el último tren a un destino que creímos perdido, justicia y chica como recompensa y la esperanza de una pizarra limpia al abandonar el campo de batalla. Pero no, la vida es amarga, y poco importa la bella compañía en alta mar porque las elipsis, pese a todo, existen.

Así que toca buscar esos pequeños oasis (curioso que no tenga plural...) y olvidar pasado y futuro, suspendernos en la inopia y vivir nuestro particular 4 de Julio, llevándome a mi sobrino a tirar petardos como si no hubiera mañana, y como si tampoco hubiera habido ayer. Porque la puerta del cielo no existe, por más que la busquemos, por más metraje que se añada, porque el campo estará por siempre plagado de cadáveres y los cuerpos marcados por los pecados, de los que arruinan carrera, hunden productoras o pervierten la inocencia. Sólo los muertos alcanzan el olvido, y esa es la verdadera puerta del cielo.

 

sábado, 28 de mayo de 2011

La recomendación del lector


Pues ya hacía tiempo que no elegía la propuesta de Mr.Lombreeze, así que me comprometo a ver La puerta del cielo y elaborar una crítica acorde, (espero) al gusto de quien la propone. ¡Gracias por vuestras propuestas!

 

sábado, 21 de mayo de 2011

La recomendación del lector


Toca abrir ronda de propuestas para la tetrogésima primera película de esta sección. Os toca sorprenderme y culturizarme, a la vez que obligarme a escribir para no perder el hábito. Y es que siempre es bueno que alguien juzgue tu trabajo, que luego pasa lo que pasa...

 

sábado, 30 de abril de 2011

La marcha del millón de hombres: Imitation of movies


Una amiga mía me comentaba, hace ya varios años, que tenía miedo de las alegrías intensas porque sabía que tras ellas llegaba el desastre. Casi nunca fue así en su caso, pero delataba una lógica existencial ajena a la experiencia cotidiana, sino más bien arraigada en el celuloide. Yo mismo me descubro infinidad de veces adelantando acontecimientos como si mi vida se tratara de una película, vislumbrando accidentes de tráfico cuando más calma hay en la carretera, o esperando el frío contacto de una mano al palpar en busca del interruptor de la luz, cosas realmente ilógicas en la vida real pero que han pasado a formar parte del imaginario colectivo.

Y es que el consumo de ficción como entretenimiento a tocado techo gracias a internet, siendo (probablemente) el momento de la historia en que más cine se ve, siendo una fuente de experiencia mucho más vasta que la vida real. Es obvio que lo que acontece fuera de la ficción tiene un impacto mucho mayor que el de la ficción, pero la frecuencia de hechos significativos es mucho menor, por lo que gran parte de nuestro aprendizaje está basado en una mentira, aunque seamos conscientes de ello. No en vano gran parte de los acercamientos a una realidad tangible a través de la gran pantalla no han sido más que meros ejercicios formales que derivan (en general) en los mismos patrones de siempre, porque no queremos que el cine sea un eco, sino que la vida sea cine.

Partiendo de esa base, ¿cómo afrontar un film que trate sobre la marcha del millón de hombres? ¿Cómo representar la lucha por los derechos de toda una comunidad dispuesta a plantarse en Washington a alzar su voz? Efectivamente, con una banda sonora épica, grandes planos generales mostrando la multitud, discursos transcendentales y batallas campales contra la policía. Leñe, semejante temática requiere un tratamiento visual por todo lo alto, una sublimación de lo real en lo cinematográfico. La pena es que el cine es una mentira a través de la cual se banaliza cualquier intento de ennoblecer hasta la más justa de las causas.

Spike Lee lo tenía claro, y optó por el minimalismo y el realismo a la hora de abordar La marcha del millón de hombres para que su discurso creciera del individuo a la masa. Con ello, nos subimos al autobús que ha de llevar a una docena de protagonistas a Washington, "dejando" que ese trayecto y las interacciones entre los personajes formen el discurso del film, y evitando que la voz pertenezca a la masa y con ello evitando generalizaciones, dando la reclamada igualdad a cada uno de sus personajes. Dicho enfoque no es populista, sino tan coherente como valiente.



Así tenemos un film casi exclusivamente hablado, que busca la realidad no sólo en los diálogos sino incluso en las texturas (con imágenes de la cámara de unos de los protagonista) buscando un acercamiento más sincero que cinematográfico. Sin abandonar la cuestión racial, muchos de los conflictos se muestran universales para componer un mosaico humano que va desde los problemas de la adolescencia a la sabiduría de la vejez, tratados más desde la reflexión que desde la acción. El cine imitando la vida para ficcionar hechos reales.

Ahora bien, las galas que luzca la mentira no la convierten en verdad, y los resortes cinematográficos pesan sobre el desarrollo para restar verosimilitud a la película, descubriéndose el cine como cine. Con ello, y sin ser un retrato edulcorado, el film pasa del buenrollismo a la denuncia social como paradas obligatorias, ganando interés otro tipo de conflictos en personajes condicionados por la protesta que van a llevar a cabo. Así es como el film pierde algo de fuelle, al alejarse de lo real para acercarse a lo cinematográfico, dejando regusto a mentira con una buena excusa.

La marcha del millón de hombres es un gran film, a ratos hermoso y a ratos duro, cuya principal virtud consiste en pivotar sobre el individuo sin abandonar la cuestión racial, y encontrando en la sencillez la clave para elevar poco a poco su mensaje. Sin grandilocuencia, sin moralina y sin subterfugios vemos las fracturas internas de un grupo unido bajo un lema demasiado generalista y de cuya convivencia nace la narrativa. Quizás por eso la única pega sea descubrir, a través de las concesiones a la narrativa tradicional, que lo que vivimos dentro de ese bus es ficción, es mentira, es cine.

 

sábado, 19 de marzo de 2011

La recomendación del lector


Pues como suelo hacer en esta sección, doy prioridad a los recién llegados, por lo que el título que me toca meterme entre pecho y espalda es La marcha del millón de hombres (Get on the bus, Spike Lee, 1996), propuesta por Mr.Mierdas. ¡Gracias a todos por vuestras propuestas!

 

sábado, 12 de marzo de 2011

La recomendación del lector


Tras una larga ausencia en vuestros navegadores vuelve, en su tetragésima edición, la sección que os permite torturarme sin complejos. Ya sabéis cómo funciona, proponéis pelis y yo tengo que ver y reseñar una de ellas. ¡Mi tiempo está en vuestras manos!

 

sábado, 25 de septiembre de 2010

Mi mujer favorita: Retrato de costumbres


El cine es uno de los mejores cronistas que existen en/de la historia. A grandes rasgos tenemos autores preocupados por denunciar las inquietudes con respecto al mundo que le rodean, mientras otros se encargan de satisfacer la demanda de entretenimiento entre los espectadores. Algo parecido pero mucho más acelerado ha ocurrido con la televisión, ideada como elemento transmisor de la realidad mundana pero transmutado en creador de una nueva realidad subyugada al entretenimiento y las audiencias. Y pese a eso, ambos no dejan de reflejar esa realidad donde el espectador, cada vez más, pide mundos a medida, ficciones que amolden el mundo a sus necesidades. Y es que ya sea con el As, Intereconomía o Cadena Ser, la especialización en pro de los beneficios ha fracturado la independencia informativa, sólo abarcable a través de la intersección de todos ellos.

En 1972 arrasaba El Padrino en las taquillas, convirtiendo a un Coppola con vocación de autor en el estandarte del Nuevo Hollywood, y con él, el giro hacia un cine marcadamente intelectual. Tres años después, Tiburón bate todos los récords de taquilla y acaba con la revolución autoral iniciada con Easy Rider, demostrando a las productoras que el interés y, por ende, el éxito se encuentran en el entretenimiento. ¿Qué ha ocurrido en esos tres años para que el espectador cambie de tendencia tan radicalmente? El fin de la guerra de Vietnam.


Ese poder retratista del cine queda patente en Mi mujer favorita, entretenido film del que no os pienso aburrir con datos (tengo muchas otras maneras de aburriros), porque lo realmente fascinante de la cinta de Garson Kanin ha resultado ser (para mí) la manera de retratar aspectos morales de una sociedad americana de pre-guerra. Y es que si en Náufrago (Robert Zemeckis, 2000) se abordaba la vuelta del cónyuge dado por muerto desde una óptica emocional dramática, en el film producido por Leo McCarey tenemos una screwball comedy enfocada a retratar la problemática de cara a una sociedad donde "la libertad del otro" empieza dentro de nuestra propia casa.

Nick se casa con Bianca a la par que consigue la nulidad de su anterior matrimonio al dar por muerta a su esposa Ellen en un naufragio, siete años antes. En el hotel donde celebran la noche de bodas aparecerá Ellen, viva tras pasar ese tiempo en una isla a la espera de ser rescatada. Nick, al reconocerla, y a espaldas de Bianca, se avalanza sobre la supuesta muerta para recuperar los besos perdidos en siete años. La primera respuesta que reciben es del camarero, recordándole que en ese estado están prohibidas tales demostraciones afectivas.

Nick tendrá que lidiar con una nueva realidad que es incapaz de comunicar a su reciente esposa mientras comparte hotel con Ellen, en una sucesión de hilarantes situaciones que dejan de manifiesto la presión social del puritanismo entonces vigente en la América de Roosevelt. "Este hotel tiene un prestigio" le espeta el director del hotel al personaje de Cary Grant a causa de sus contínuos viajes de habitación en habitación, denotando el problema logístico que supone la situación, así como denotando la locura (sic.) de Nick por haberse vuelto a casar. Obviamente, confesar la realidad acabaría con los conflictos que hacen avanzar la trama, pero dicha confesión no realizada se justifica de cara a la aceptación que de la noticia tendrá el entorno.

Existe por un lado el pago de un seguro de vida que se convierte en fraude a través de la verdad, así como el descubrimiento de que la soledad de Ellen en la isla ha estado acompañada de un atractivo hombre, hecho socialmente condenable para un Nick sospechoso de su mujer. Se añade además el delito de bigamia en el momento en que declarar a Ellen viva da validez a su matrimonio sin anular el otro, todo ello sin entrar a perfilar el problema emocional latente entre Nick y Bianca. No sólo no la ama, sino que dicho conflicto no interesa perfilarlo más allá de lo anecdótico, es decir, el matrimonio es un imperativo social (que el mismo Roosevelt acató al no aceptar el divorcio de su mujer) que ejerce de parapeto a las goteras morales de la población.


Finalmente impera el final feliz esperable en toda comedia, y los roles habituales de las screwball donde la mujer lleva el mando y el hombre acomete las locuras necesarias por el amor de la dama. El resto de problemas se solucionan gracias a lo cómico de la situación, haciendo verosímil la fácil resolución cuando durante el desarrollo habían supuesto grandes obstáculos. Y con una falsa elipsis temporal se cierra un film que deja un buen sabor de boca, sin más.

Así es como el cine, más allá de los valores intrínsecos a cada título, acumula un componente histórico fundamental desde cualquier perspectiva temporal. Tanto la denuncia actual como el retrato social de épocas pasadas componen un mosaico vital para entender (si es posible) la evolución de un arte tan complejo, además de permitirnos ahorrar el dinero de un Delorean para regalarnos un viaje en el tiempo. El análisis del cine norteamericano post-11S queda para otros.


sábado, 11 de septiembre de 2010

La recomendación del lector


Como hay que ser diplomático, la elección de esta semana para vuestra sección va a parar para el título propuesto por Marcos, que nunca ha salido "vencedor". Mi mujer favorita es un film de 1940 dirigido por Garson Kanin, con Cary Grant e Irene Dunne. ¡Gracias a todos por vuestras propuestas!


sábado, 4 de septiembre de 2010

La recomendación del lector


Llegamos a la trigésimo novena edición de esta sección tras el prolongado parón vacacional. Tras la reseña de Ladrón (Michael Mann, 1981) toca abrir nueva ronda de recomendaciones vuestras para placer o sufrimiento de un servidor. ¡Round one, fight!

¡Comenta, y alégrame el día!

Ladrón: A man do what he's got to do


Los sueños no están hechos para los malditos, condenados a recorrer siempre el camino más complicado. Marcados a fuego los rostros con el estigma del pecado definen, con un primer mal paso, el resto de un devenir sin desvíos ni cambios de sentido. Carlito Bragante decía que nadie se reforma, sólo pierde fuerza con lo años, pero la inercia hace mella en la voluntad que nos hace evitar los mismos obstáculos una y otra vez. Así todo protagonista mostrado al otro lado de la ley al arranque de un film es un serio candidato a cambiar sueños por plomo.

Y es que el prolífico cine de robos ha dado grandes joyas, siempre auspiciadas en las esperanzas de unos personajes rotos con los que empatizamos a través de las ilusiones no realizadas, mientras otra vertiente ha sofisticado el robo como un fin en sí mismo dentro del propio espectáculo que es el cine. Y si bien Mann no es el primero en equilibrar ambas ópticas, si apuesta por un sucio realismo de bajo presupuesto alejado de la elegancia de La jungla del asfalto o el ritmo de Heist. Mann presenta en Ladrón una visión del proscrito desvestida del glamour de Heat y de la poética de Enemigos Públicos.

Arranca el film como no podía ser de otra manera, mostrándonos la perfeccionada técnica del protagonista en un robo que servirá de motor al film. Y si bien el primer acercamiento se limita a planos de los compinches en sus posiciones hasta entrar en la cocina, el desenlace se muestra prácticamente en tiempo real y con la minuciosidad de quien pretende que conozcas bien las dos facetas importantes de su personaje: lo que es y lo que hace. No en vano los nueve minutos introductorios se resuelven con un único e intrascendente diálogo entre el personaje de James Caan y un pescador.

A partir de ahí se trazan las líneas maestras que perfilan a un ladrón en busca de un paraíso anhelado durante años, un refugio emocional nacido del instinto de supervivencia del suicida, del que camina al final del túnel sin preocuparse por la mierda que pisa en su camino. Mientras el medio plazo mira de reojo el cobro de cada trabajo, el largo plazo piensa en la generosa jubilación con mujer, hijos y playa en un horizonte siempre distante. Es fácil, así, convencernos de que los impulsos violentos de Frank no son más que fruto de una rabia contenida que choca contra las trabas de la redención. Porque el pasado no son más que deudas que nunca llegamos a pagar.


Porque Mann no deja de poner un espejo a sus protagonistas a la hora de afrontar las vicisitudes
del amor, enfrentando el yo real con el yo deseado. Frank reconoce no haber dicho a la verdad a su ex-mujer ni al resto de sus parejas, y es su mejor y admirado amigo quien le abre los ojos sobre la necesidad de abandonar los disfraces. Las grandes empresas no se acometen de manera timorata, y si la mano es buena y el bote suficiente, no queda más que apostarlo todo.

Así es como Mann traza una trama de robos junto a una de redención, ambas pivotando sobre un epicentro femenino, motor del cambio. Y su hiperrealismo de bajo presupuesto muestra sin pudor la alternancia entre el intento de adopción de un crío junto a la sofisticación de un golpe a medio camino entre lo opuesto y lo complementario a la vida plena que Frank anhela. Pero en esas tesituras dudar o despistarse significa mostrar las fisuras de la armadura, y si la réplica se construye sobre un personaje tan entrañable como temible (interpretado por un excelente Robert Prosky) no queda más que quitarse el sombrero ante el cuarteto de personajes tan prototípicos como consistentes.

Ni tan sólo el título escapa a la simplicidad y honestidad que propone Mann, definiendo con un único adjetivo a un protagonista que busca huir de ese título. Thief es la historia de un ladrón que quiere pasar página y dejar de ser lo que es, de las trabas que pone la vida para que definamos quiénes somos, de elecciones que marcan nuestro destino y de como, una vez marcado, no hay clemencia que borre nuestras pisadas. 40 dólares nunca valieron menos la pena...

sábado, 19 de junio de 2010

La recomendación del lector


Ya tenemos films para la trigésimo octava edición de esta peligrosa sección. El elegido es Thief, dirigido por Michael Mann y propuesto por el caballero Anónimo, rico gracias al copyright. En dicho film veremos a James Caan intentando volver a la senda de la bondad tras pasar unos años en prisión. ¡Gracias a todos por vuestras recomendaciones!


sábado, 12 de junio de 2010

La recomendación del lector


Llega vuestro turno en la trigéismo octava edición de esta sección, tras la correspondiente reseña de El manuscrito encontrado en Zaragoza, propuesta por el Doctor Quatermass. Recomendad desde el amor al cine y no desde el odio a este humilde blogger, que Pink Flamingos sólo hay una y a vosotros os encontré en LCM. ¡Todos al ring!


sábado, 5 de junio de 2010

El manuscrito encontrado en Zaragoza: Matrioska narrativa


Dirigida en 1965 por Wojciech Has, El manuscrito encontrado en Zaragoza nos cuenta la aventura del capitán de las tropas napoleónicas Alfonso van Worden en su intento por llegar a Madrid a través de Sierra Morena. Pero el viaje se complica cuando las leyendas parecen cobrar vida y los espíritus visitan a nuestro protagonista, donde la presencia del mal cobra vida en bandidos ahorcados o hermanas deseosas de reclutar incautos a su fe. A su vez la propia Inquisición perseguirá al protagonista para purgar sus pecados, convirtiendo su viaje a Madrid en una sucesión de encuentros entre lo narrado y lo soñado.

Pero retrocedamos al arranque del film, donde un soldado de las tropas napoleónicas se topará con el manuscrito que da nombre al film. En él se narran parte de las aventuras de Alfonso van Worden, ejerciendo un efecto hipnótico sobre el soldado y haciéndose extensivo a sus posteriores captores, mostrando el poder de las historias bien contadas. Es así como empieza la película, como una historia leída de un manuscrito, una historia de historias, de casualidades y viajes donde la realidad cede importancia ante el placer de asistir a la narrativa de lo extraordinario.

Volviendo con Alfonso, víctima de la lujuria y el engaño, se verá a caballo entre la realidad y la fantasía a través de diferentes personajes que le hablarán de las leyendas existentes en la región, y que a la postre le tocará vivir en sus carnes. Así es como revisionamos las historias contadas por otros (¡¡¡Pacheco!!!) a través de Alfonso, condenado a repetirlas y objeto de un oscuro plan. En ese momento entramos en el terreno donde el cine se emparenta con la narrativa hablada, donde los hechos narrados por un personaje se visten con las mismas galas que la realidad cinematográfica, pero las historias contadas por otros pierden tintes verosímiles en pro de la magia del cuento mientras que el fantástico viaje de Alfonso se nos antoja completamente real.

Así es como El manuscrito encontrado en Zaragoza alterna capas de realidad con otras de fábula, creando un estrambótico collage donde las historias en papel parecen cobran vida propia, siendo el film la historia de un soldado que lee la historia sobre Alfonso van Worden en su viaje a Madrid, donde encontrará otros tantos personajes narrando historias sobre personajes contando historias. Y es que un viaje por Sierra Morena adquiere tintes fantásticos en el momento que las leyendas entran en juego, convirtiendo lo cotidiano en extraordinario, sin olvidar que los hechos no se convierten en mitos si no hay nadie que los narre.

Pero no toda la temática del film raya lo fantástico, sino que en su segunda parte se opta por un relato más costumbrista sobre historias cruzadas de mercaderes y vagabundos, donde la picaresca tiene más peso que la mítica. Aquí es donde realmente se riza el rizo narrativo, mezclando tres historias que nacen de una para finalmente converger, buscando el narrador conclusiones en sus entusiasmados oyentes. Así es donde el film juega con las ganas de conocer la historia de cada personaje, a cada cual más variopinto, pero cuya presencia anima a escuchar su biografía.

Pero volvamos con Alfonso, que tras su parada en el castillo en el que uno de los extraños personajes que se cruzan en su camino le ha ofrecido cobijo, retoma su viaje hacia Madrid, volviendo a la sierra a poner a prueba su cordura y castidad. Así revivimos escenas de la primera parte del film, donde lo fantástico primaba, pero revisitadas ahora tras el baño de realismo dado en la segunda parte, a modo de despertar escéptico del protagonista. Las respuestas quedan para el lector que se aventure a ver el film, así como podrá encontrar una reseña complementaria de la mano del Dr. Quatermass.

Cuando nos sentamos a escuchar historias, nos acaba importando poco la verdad que haya en ellas.

sábado, 24 de abril de 2010

La recomendación del lector


Trigésimo séptima recomendación del lector, e iba siendo hora que hiciera caso a la recomedación de Quatermass. Por ello, esta semana me toca ver y reseñar Manuscrito encontrado en Zaragoza. ¡Gracias a todos por vuestras recomendaciones!


jueves, 22 de abril de 2010

La camarera: La náufraga que aprendió a cocinar


Ingredientes para una persona:

- 80 gramos de mantequilla
- 20 gramos de endulzante

- 6 cucharadas de azúcar
- 240 gramos de harina
- 1 pizca de feminismo
- 2 cucharaditas de levadura en polvo
- 1 pellizco de sal
- Un puñado de ositos de gominola
- 1 huevo

- 50 ccs de leche
- 250 gramos de piña picada
- 50 gramos de azúcar moreno
- 200 gramos de chocolate amargo
- 3 cucharadas de mantequilla

Instrucciones de elaboración:

Mezclar bien la primera mantequilla con el azúcar y el feminismo. Que se mezclen los sabores para que el dulce disfrace lo obvio.

Agregar la harina mezclada con el polvo de hornear y la sal. La masa debe ser compacta, sin divagaciones ni giros imprevistos.

Incorporar el huevo batido con la leche y el chocolate amargo. Lo dulce debe contrastar con lo amargo para crear el efecto de profundidad y trascendencia en el sabor, sino el gusto del pastel sería el mismo que el de la bollería industrial.

Aparte, mezclar el azúcar moreno con la mantequilla, el endulzante y la harina y añadir a la mezcla anterior. Cualquier endulzante nos valdrá, y cuanto más exótica sea la elección, más original será nuestra tarta.

Por último, agregar la piña y los ositos de gominola que, den el sabor que den, lucen la mar de bonitos en el pastel.

Volcar la mezcla en un molde enmantecado y enharinado y cocer unos 100 minutos en horno caliente, 200º. El resultado debe ser esponjoso y no áspero, aunque pueda resultar finalmente empalagoso.

Pinchar en el centro para asegurarse de que está bien cocido, y si es necesario dejarlo unos minutos más. Si se acaban las ideas, sírvase tal cual.

Este pastel también puede hacerse con manzanas en vez de piña, o cualquier otra cara conocida del comensal para que rápidamente sepa a qué atenerse.

sábado, 17 de abril de 2010

La recomendación del lector


A la espera que se cocine la crítica de La camarera, film propuesto por Marguis, abrimos ronda con la trigésimo séptimo película de esta sección. ¡Abrid el grifo de la ideas!

sábado, 10 de abril de 2010

La recomendación del lector


La trigésimo sexta selección de esta sección va esta vez a parar a una inédita como es Marguis, con La Camarera. Film de 2007 dirigido por la desaparecida Adrienne Shelly y protagonizada por Keri Russell, cuenta las peripecias de una camarera que a través de recetas expresará su estado anímico. ¡Gracias a to-dos por las recomendaciones!