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lunes, 14 de noviembre de 2011

El origen del planeta de los simios: Justificantes


Cuando la tendencia ante tanto remake es fruncir el ceño, extraños me parecían tantos elogios a la precuela de tan célebre saga. Quizá tan condicionante prejuicio no sea el mejor preludio a un visionado pero, como la ciencia ficción me pone, afronté el visionado con el mejor de los ánimos. Y no es el que film de Rupert Wyatt sea malo (o al menos infame), pero hay momentos en que uno, como espectador se siente insultado.

Aunque quizás el gran problema del film de marras tenga un nombre: Project Nim. De este documental ya os hablé en la cobertura de Sitges 2011, y representa la vuelta al ruedo de James Marsh (ganador del Oscar con Man on wire), hecho negativo en si mismo. Y pese a que Project Nim no sea un gran documental, sí traza líneas paralelas con El origen del planeta de los simios que dejan esta última como una burda hipérbole que considera al intelecto del espectador demasiado ocupado engullendo palomitas.



A saber: Project Nim trata sobre un experimento donde un chimpancé crece como un humano más dentro de una familia, mientras intentan enseñarle un lenguaje de signos creado específicamente para el experimento. El simio aprende tan rápido que parece que vaya a poder leerse El Quijote con desdén, su crecimiento y naturaleza obligan a trasladarlo a instalaciones más seguras, el proyecto pierde inversión, etc. en una serie de acontecimiento que llevan al simio de las portadas de los diarios al ostracismo, con la consiguiente pérdida de todos y cada unos de los criadores con los que había compartido alegrías, porros y cariños. ¿Resultado? El chimpancé adulto recibe, ya en el ocaso de su vida, a su primera cuidadora, y el esperado reencuentro acaba con el simio estampando repetidas veces la cabeza de la susodicha contra la pared, con la antológica frase de su hija: "el hecho de que no la matara creo que es muy significativo". Efectivamente lo es, mostrando como el animal, por el simple hecho de ser constantemente abandonado por aquellos a quien ama, ni perdona ni olvida, solo castiga marcando su terreno.

La historia es calcada a la del film de Wyatt, pero mientras Marsh apela a la emotividad entre sus personajes, Wyatt (bueno, Rick Jaffa y Amanda Silver, los guionistas) se enconan en maltratar constantemente al simio para justificar su cambio de rumbo. Y ese tipo de facilidades con el espectador son constantes en un film que, a estas alturas, no necesita de incidir reiteradamente en la bondad animal contra la crueldad humana, y menos cuando las afinidades se justifican a través del dolor y no del afecto. Así a César le plantan un vecino infame que apesta a recurso de guión de los facilones para, más tarde, rodearlo de congéneres que harán lo propio para amargarle la estancia. Y por si fuera poco, tenemos al "amigo" de Harry Potter encasillado en el hijoputismo para aún hacer mas hincapié en el drama existencial del primate, ese ser atrapado entre dos mundos, una suerte de Frankenstein peludo.


A partir de ahí ya entramos en la fantasía, donde el simio dopado es más listo que nadie y, como los buenos futbolistas, hace mejores a los de su entorno. Con ello se orquesta la escena en el Golden Gate y los, siempre majos y populistas, momentos de venganza, para acabar de redondear una apuesta que, si ya de por si contaba con el handicap de saber su desenlace, siembra de tópicos y justificantes innecesarios gran parte de su metraje. Valga como ejemplo el funcional papel de Lithgow o Pinto, o el cambio de roles entre el director del proyecto y el personaje de Franco, que si de primeras el impetuoso era el segundo, más tarde es el director el que (ahora sí) se muestra atraído a toda costa por el dinero.

El origen del planeta de los simios desde luego que no es un mal film, pero dista mucho del entusiasmo con el que ha sido recibida ya que, lejos de proponer nuevas fórmulas en el anquilosado mainstream, tira de rancios engranajes para ganarse el favor del público menos exigente. Incluso Nolan disfraza mejor sus juguetes...

 

domingo, 30 de octubre de 2011

Eva: Smartphilm


Hoy me ha llegado mi nuevo móvil. El “antiguo” me dejaba llamar, enviar mensajes y tenía un despertador la mar de eficaz, pero en los tiempos que corren la tecnología dura menos que un replicante. Sin la portabilidad lista me he lanzado a conectarme a la red wi-fi y empezar así a descargar aplicaciones, fondos de pantalla y a hablar con la gente, aunque tenía el pc delante. El caso es que tenía que escribir este texto y la supuesta tecnología que cada vez nos ahorra más tiempo se ha comido gran parte del que tenía que dedicar al film de Kike Maíllo. Si bien es un contrasentido, hoy día la figura del ermitaño pasa por esa extraña gente que no puede navegar desde su móvil o hablar a cualquier hora con cualquiera de sus amigos. Reconozcámoslo: la mensajería instantánea es un invento muy bien parido que te permite no estar solo a la par que ignorar a quien nos interpela sin tener que verle la cara: la perfecta comunión entre individualismo y socialización.

También fui uno de esos que renegó de Facebook para acabar conociendo al dedillo el día a día de gente que no he tenido el placer de conocer. Y aunque al invento de Zuckerberg lo carga el diablo, hay que reconocer que su uso resulta mucho más productivo que las aplicaciones que he estado trasteando para Android. Imaginemos el equivalente tangible de Facebook, en un bar con nuestros cientos de amigos repartidos en mesas. Recorremos cada una de ellas para escuchar íntegras cada una de las conversaciones, asintiendo ciertos comentarios y respondiendo otros, en un baile incesante entre debates. Cogemos el periódico y resaltamos una noticia para que ocho personas asientan sin comentar nada en absoluto, mientras otra me roba el periódico para hacer lo propio en otra mesa que, de repente, estalla en una acalorada discusión. Más tarde alguien saca su álbum de fotos de las vacaciones mientras en otra mesa sacan un parchís, y todo fluye con naturalidad mientras la gente se deja ir y venir entre conversaciones. Un “Gracias, Facebook” quizás sea tan inútil como la escena descrita.

El caso es que el protagonista de Eva (genio de la robótica, por supuesto) tiene como mascota un gatito virtual que le acompaña allá donde va. A esa política de la negación del esfuerzo le llaman progreso, pero con ella no solo se eliminan las desventajas sino también los trayectos y sus implicaciones. Dicho protagonista se ve ayudado por un mayordomo capaz de jubilar al servicio completo del palacio de Buckingham, mejorado con un sistema de empatía adaptable que permite al personaje principal elegir la cercanía emocional de su siervo. Es decir, a lo meramente funcional se le acoplan necesidades que van más allá de lo terrenal para entrar en lo espiritual, ¿o alguien de verdad piensa que la gente se compra un iPhone por el GPS? El protagonista tiene un hermano tonto, un amor de juventud convertido en amor de su vida, y un proyecto que requiere de un niño especial. El niño es niña, su padre es el hermano tonto y el amor de su vida es la mujer del hermano tonto (el espíritu santo es el gato, y amén), que para algo el mundo es un pañuelo que cabe en un smartphone.


Esa es la apuesta de Eva, compacta y funcional, decorada con efectos especiales high quality y una usabilidad harto sencilla, compactando en el mínimo espacio el máximo de utilidades que la pericia de Maíllo y sus cuatro guionistas es capaz de parir. Porque en épocas donde lo funcional reina, lo humano se pierde en favor de cantidad y comodidad, cambiando profundidad por amplitud en mercados con una ingente oferta. Así creamos Frankensteins a medida o niños perfectos en el caso de Eva, optando por el patchwork en tecnología, relaciones y otros tantos olvidando la palabra “renuncia” que Gmail nos enseño a tirar a la papelera al decirnos que jamás tendríamos que volver a borrar un mail. Nadie quiere solo llamar pudiendo, además, navegar por Internet con el mismo cacharro. Nadie quiere tener solo un amigo (y sus limitaciones) cuando se pueden tener decenas para cada una de nuestras necesidades (grupos lo llaman ahora). Nadie quiere un film de robots, un thriller o una de amor, cuando se puede amontonar todo en uno con el que llenar, por acumulamiento, al espectador.

Quizás las miguitas de alma que dejamos por el camino nos ayuden algún día a encontrar el camino de vuelta a casa.

sábado, 29 de octubre de 2011

Contagion: Paciente terminal


Steven Soderbergh lleva el cine en la sangre. Puede contar sus años de carrera por el número de títulos que ha dirigido, y aún le sobrarían y, sin embargo, siempre ha sido una eterna promesa, sin perder por ello el prestigio o su vitola de autor. Su irregular filmografía alterna las habituales concesiones que permiten los proyectos personales, pero siempre bajo un tamiz muy personal acorde con la propia personalidad del director georgiano, donde existe un gran denominador común: la asepsia, no solo en su narrativa sino en la propia tibieza con que se acoge cada uno de sus proyectos. Ejemplo de ello es la discreción con que se paseó Contagion (2011) por la sección oficial de la Biennale de Venecia, cual ninja o asocial, sin generar opinión alguna en las activas charlas que pueblan las colas. Ese es el territorio de Soderbergh, quien el mismo año que anuncia su retirada presenta tres films, director que a pocos desagrada y a casi nadie entusiasma.

Quizás su éxito fue en exceso prematuro, o quizás sus altibajos (para la crítica) y sus vaivenes (para el público) condenan la carrera de un director tan singular. Prueba de ello es Contagion, film acogido con tibieza también en Sitges 2011, con un elenco innecesario para una propuesta que tras el gancho comercial esconde muchas de las inquietudes presentes en la filmografía de Soderbergh. Los seres que pueblan su cine más íntimo se esfuerzan en proteger su alma, en mostrarse asépticos hacia un entorno tan necesario como destructivo, vagando a la deriva entre miradas soslayadas. Y si ese apartado social, fundamental en el cine, supone gloria o muerte, cuando se le solapa una temática sobre enfermedades contagiosas se consiguen las claves de la prematura jubilación de Soderbergh.


Porque Contagion es un film frío, a ratos frenético y a ratos condescendiente con sus personajes, un bombardeo de datos y hechos que ahogan a sus protagonistas, impelidos a actuar por protocolos para acabar siendo humanos. No en vano esa deshumanización a través del frenetismo informativo tiene eco en la figura del blogger convertido en Mesías, mientras que el padre de familia se convierte en mero juez y verdugo al intentar proteger a su hija. Ambos cumplen sus códigos para sobrevivir pero perdiendo parte de su humanidad en el proceso, en un film donde su protagonista se transmite, precisamente, por contacto; una apuesta con no pocas similitudes a El incidente (The happening, M. Night Shyamalan, 2010). Todo cabe en una caricia.

Y si el instinto crea máquinas, el reposo hace grupo, y no me cabe la menor duda que las cavilaciones que han llevado a la supuesta retirada de Soderbergh contemplaban aprovechar su Contagion para atizar sin contemplaciones no solo a la crítica y sus derivados, sino a la propia industria y las traiciones de alto standing que practican: no en vano el desencadenante es una esposa infiel. La traición es contagiosa y en época de vacas flacas el mejor bote es un salvavidas, por ello no cabe sino mirar con amargura el presumible epitafio de Soderbergh donde sus asépticos personajes, de una manera u otra, acaban volviendo a casa.

domingo, 16 de octubre de 2011

Sitges 2011: Recta final


Con el final del festival en el horizonte la cosa cambia, y la predisposición a disfrutar de cada segundo que reste de experiencia aumenta lo suficiente, permitiendo incluso disfrutar de castañas como Sector 7. El film de Kim Ji-hun es de esos que no sabes ni si el director se lo toma en serio y, además, en 3D. La historia nos sitúa en una plataforma petrolífera donde aparecerá un monstruo marino que liará un follón de narices, con los habituales toques emotivos para darle chicha al asunto. Muy probablemente sea un film infame, pero no aburrirme a esas alturas de festival tiene mérito, y de tan exagerado que resulta su tramo final, hasta me resulta un film simpático.


Radicalmente opuesto era el film elegido para precederle, tratándose de la nueva película de Hong Sang-soo, The day he arrives. En ella, un director de cine decide viajar a Seúl a visitar a un viejo amigo para acabar deambulando por la ciudad, en cinco variaciones a partir de la misma premisa. Así presenta Hong un abanico de posibilidades con una honestidad y destreza que le queda grande al Van Dormael de Las vidas posibles de Mr. Nobody, optando por encuadres en vez de estéticas, por respuestas en vez de gominolas. Amor, azar, decisiones y desvíos para uno de los films más sugerentes de esta edición.

El siguiente plato venía de la mano de Koen Mortier, que tras Ex Drummer presentaba 22nd of May, film sobre un guarda de seguridad de un centro comercial que un suicida hará volar por los aires. Con ello, un film que apunta a thriller se convierte en un drama donde su protagonista (como en The day he arrives) revivirá los instantes previos al suceso una y otra vez, interactuando con las víctimas y el suicida en un vano intento por evitar la masacre. Dicha apuesta entronca directamente con las palabras de Mortier, que resaltó el anónimo papel de las víctimas, condenadas a las matemáticas en los medios de comunicación y que en 22nd of May reviven su propia muerte como modo de aceptación.


Y a toda carrera tras el film de Mortier tocaba una maratón donde obviariamos la floja Grave encounters para disfrutar de The Innkeepers, nuevo film de Ti West tras la magnífica The house of the devil. Basta tomar como referencia la reacción de un acreditado sentado a mi lado, cuyo nerviosismo no paraba de crecer a medida que avanzaba el metraje, clamando al cielo alguna muerte y confirmándome la enorme calidad e inteligencia del film. Porque The Innkeepers juega en otra división, desde el tributo y una inteligente puesta en escena, sin obviar las referencias ni plantear revoluciones en el género, pero encontrando a caballo de lo contemporáneo y lo clásico un espacio donde desarrollar sus intenciones. Y no os quepa duda que toda la preparación del film va enfocada a un tramo final asfixiante que calló muchas de las bocas presentes en la sala.

Y tras una noche inquieta recordando las imágenes compuestas por el bueno de Ti West tocaba acudir al humor de Juan de los muertos, una peli de zombis cubana, hecho que en sí mismo es gracioso. Con ello tenemos un film donde el retrato social y político sobrevuela todas las situaciones de unos personajes que donde otros ven peligro, ellos ven oportunidad de negocio, y con ello una sucesión de cómicas situaciones para presentar el habitual esquema de supervivientes de forma más ligera que impactante. Hubiera sido firme candidata a premio del público de no ser por Attack the block, ya que el film de Alejandro Brugués es tan desinhibido como entretenido.


La siguiente cinta ya no tenía nada de amable, porque El páramo es una contundente cinta rodada casi exclusivamente cámara en mano que mete a un pelotón de militares en un entorno hostil. Jaime Osorio se vale de la puesta en escena para dotar al paisaje de un aire amenazador, sumado a la presencia de una extraña mujer cuya sola presencia desencadenará la psicosis general que moverá el film hacia adelante. Y en esa onda del enemigo invisible se mueve El páramo, explotando la tensión entre sus protagonista para mantener en vilo al espectador constantemente, con la única certeza de los actos de los militares en una espiral de violencia donde quizás el único inocente es la mujer que desencadena el drama.

Y para suavizar el cierre del penúltimo día en Sitges tocaba sumergirse en el nuevo trabajo de James Marsh, ganador del Oscar por Man on wire. Project Nim trata de un experimento con un primate llevado a cabo en lo setenta, donde se le intentó enseñar un lenguaje de signos para ver si era capaz de crecer aprendiendo y usando dicho lenguaje. Y el caso es que la temática engancha, y acaba por dejar impronta en la memoria en el momento que el chimpancé decide fumar marihuana y beber cerveza, pero Marsh no puede evitar ser facilón/buscar otro oscar, y acude a obviedades para resaltar que el mono es un mono (cuando le interesa) y tirar de emotividad ante un animal que sufre (cuando lo necesita), anegando por completo la posibilidad de que el espectador saque conclusiones pero si mismo.


Con monos se cierra el día para abrir el cierre de Sitges con La cosa, la pseud-precuela firmada por ese director que nos hace sentir gangosos al pronunciar su nombre y que pese a no estar, ni de lejos, a la sombra de sus predecesoras, no deja de ser un film ameno. Sutilezas las mínimas, CGI del que se nota y una presencia casi constante del bicho en pantalla, para apelar más al bigger que al better y escapar de comparaciones a base de buscar el contrario, conformando un film olvidable pero que ni se cree mejor de lo que es ni pretende más que rellenar los huecos de la ignorancia imberbe.

Sin tiempo a reposar de tanta persecución llegaba el mejor director según Cannes con su Drive debajo del brazo. Y a pocos decepcionó el film de Nicolas Winding Refn, compacto y poderoso, multi-genérico y estilizado que, pese a alguna ñoñería, pasa por ser uno de los mejores vistos en esta edición del festival. Un conductor que ofrece sólo cinco minutos de su pericia, la chica mona que se cruza en su camino, y el lío de turno que no puede acabar bien, y todo ello sin sentir pereza ante una historia mil veces vista pero narrada con pocos adornos y mucho sello. Y por si fuera poco, una banda sonora tremenda.


Y aunque, llegado el momento, parece mentira, era hora de la última película de Sitges 2011, la despedida a una experiencia increíble. Y la elegida para tal propósito no fue sino que la deliciosa The Artist, que venía precedida de muy buenas valoraciones tras su paso por Cannes. No es de extrañar, teniendo en cuenta que es un tributo al cine mudo rodado como tal, es decir, en blanco y negro y sin sonido directo, y eso, en pleno siglo XXI, implica meterse en el bolsillo a un buen puñado de espectadores. Y no negaremos que The Artist es un film amable y divertido, con todo lo necesario para dejar un buen sabor de boca y con esa inocencia del cine de antaño, pero quizás la edad o el cansancio me hacen tolerar menos el azúcar y, con ello, dejo de encontrarle la gracia a un plagio demasiado encorsetado, insistente en negar el presente al que pertenece.

Sitges 2011 ya es historia viva a través de nuevas gentes, recuerdos y textos, un oasis cinéfilo que mientras te agota, te impele a repetirlo cuanto antes. Tanto que la siguiente parada llega con Gijón en un mes, para retomar las charlas dejadas a medias y disfrutar de nuevos horizontes cinéfilos, tanto por títulos como por gentes. Todo amante del cine debería poder vivir, aunque sea una vez, este tipo de experiencia.

jueves, 13 de octubre de 2011

Sitges 2011: Días 5 y 6


Y al quinto día llegó Von Trier, y el mundo siguió igual. Era uno de los platos fuertes de este Sitges 2011 y casi nadie faltó a la cita, expectantes por poder hincar el diente a lo nuevo del director danés, con saña o con gusto. Y la verdad, no es Von Trier un tipo que me caiga mal, por lo que su Melcancholia me ha parecido un film notable, sin enconarme en fobias o filias para inventar o desmerecer méritos inherentes a un film muy coherente con la carrera de su director, y con un plano final inenarrable si no se ha visto en pantalla grande. Por si fuera poco, aparece Kiefer Sutherland... Vicente Rodrigo nos habla extensamente de ella en Cineuá.



Acto seguido llegaba el nuevo film de Francis Ford Coppola, Twixt, donde un rollizo Val Kilmer busca la inspiración como escritor en un perdido pueblo americano. Luego aparece Poe, le explica la película, escribe el libro, y se acabó. Y entre todo eso una lección de cine y estilo con pocos medios que a la gran mayoría les ha parecido una gran broma, como si los orígenes de Coppola fueran otros y sus derechos se agotaran fuera de mafias y guerras. Twixt es hipnótica, alucinada y en 3D, tan irregular como sugerente y tan ajena al Coppola mediático como íntima. Mónica Jordan nos habló de ella en Cineuá.

Y tras dos directores de relumbrón llegaba la hora de Lucky McKee, al que le tengo especial cariño al presentar su más que estimable May en la primera edición de Sitges a la que asistí. Nueve años después presenta The Woman, revisión femenina y en clave de género de El pequeño salvaje, donde el aparente sueño americano intenta perpetuarse en las sinuosas curvas de una mujer salvaje. Sangre, discurso y humor en una de las propuestas más llamativas de esta edición, demostrando con contundencia (por si alguien aún dudaba) que el gran cine no pertenece exclusivamente a unos pocos géneros. También Mónica Jordan (no podía ser otra) nos habla de ella en Cineuá.


Pero el martes aún guardaba un as bajo la manga, en forma de lisérgico viaje de la mano de Panos Cosmatos y su Beyond the black rainbow, una distopía en clave de homenaje al cine experimental canadiense surgido en los 70. Un instituto científico llamado Arboria, un tratamiento visual old school, un científico ambicioso, una joven como cobaya humana y poderes mentales de por medio conformando un film marcadamente sensitivo cuya forma expande su escasa trama. Beyond the black rainbow es uno de esos films de los que nos referimos a su visionado como una experiencia, un viaje vivido y disfrutado desde la tercera fila de la sala.

Y tras la sesión nocturna con Cosmatos, tocaba madrugar para ver Livide, el segundo film de la dupla Alexandre Bustillo-Julien Maury, responsables de la contundente À l'intérieur. El pase de prensa bien concurrido para ser las 8:30 de la mañana y con la marca de la almohada aún en la cara afrontamos uno de los films en el que más expectativas se habían depositado. Claro está, decepción generalizada ante un film bien majo que se aleja de repetir la fórmula de su debut, y con ello ni sorprende ni arrebata, sino que condiciona modulaciones en su desarrollo consciente de las expectativas del espectador, resultando algo irregular pero nada desdeñable.



El siguiente plato del miércoles lo servía Vigalondo con su Extraterrestre, una comedia romántica con una invasión extraterrestre como excusa, con Carlos Areces y Raúl Cimas como referente directo y Michelle Jenner como inevitable gancho. Y superada la pompa de su Los Cronocrímenes, Extraterrestre se muestra más ligera y honesta, con ciertos giros de guión como base para el desarrollo y mucho enredo en busca de la risa. Vigalondo quiere entretenernos y lo consigue, hablando de amor con tan pintorescos personajes, dejando ínfulas para otro momento y recordándonos lo marcianos que a veces nos hemos llegado a sentir.

Carré Blanc, del francés Jean-Baptiste Léonetti tampoco está exenta de marcianadas, presentando un futuro cercano de seres mecánicos (emocionalmente) sometidos a extrañas pruebas dentro de su empresa. El film juega con la dualidad entre lo profesional y lo emocional, con un protagonista que arrastra un trauma que, junto a su trabajo, afectará directamente a su matrimonio. Aislamiento y comportamientos animales tanto en las calles como en busca de un mejor puesto de trabajo hacen de Carré blanc un film duro y alegórico, aunque a ratos irregular y repetitivo sin por ello abandonar la marcada sensación de incomodidad que pretende Léonetti. Una de las sorpresas del festival.




Y el miércoles acaba con el nuevo film de Gonzálo López-Gallego, Apollo 18, y que supone su desembarco en la industria norteamericana. El film simula las grabaciones de la última misión secreta de la NASA a la Luna para conformar un film de terror claustrofóbico y minimalista que se conforma con no aburrir. La propuesta no se diferencia de la avalancha de films del mismo estilo (POV subjetivo + encierro), aunque su encanto reside en el collage de imágenes de archivo y la simulación de imagen vintage para situar al espectador cuarenta años atrás en el tiempo, y con ello no deja una sensación de tomadura de pelo, pero sí se convierte en uno de los films prescindible de esta edición del festival.

 

martes, 11 de octubre de 2011

Sitges 2011: Días 3 y 4

 


Si así arranca el film de Tarr, así debía arrancar la segunda crónica, donde The Turin Horse ha sido uno de los films más destacados. La supuesta última película de Béla Tarr encierra a sus protagonistas para llevarlos al colapso a través de la repetición y la limitación. No hace falta que os diga mucho más, ya que si os ha maravillado esta escena, debéis ver el film de Tarr.

Más tarde llegó Les contes de la nuit, un film de animación en 3D algo anodino que se fragmenta en seis cuentos con moraleja. Aunque dichas sensaciones palidecen antes la desmedida Verbo, que pese a tener potencia visual en ciertos momentos no deja de ser una chorrada de órdago, corroborada por Chapero-Jackson y sus actores al afimar que es el film que hubieran querido ver cuando eran adolescentes. A saber, cuando el film se articula a través del rap, no puede salir nada bueno.

Por comparación, Another Earth es un peliculón, aunque realmente el debut de Mike Cahill resulta un film tan previsible como impersonal, donde el toque sci-fi solo decora un desarrollo demasiado encorsetado. Algo similar a lo que ocurre con The other side of sleep, aunque el film de Rebecca Daly se muestra más abierto y sugerente en el tratamiento de la pérdida y la culpa.


El domingo se cerraba con la hermosa nueva propuesta de Naomi Kawase, superponiendo mitología a relaciones de pareja para hablar de aquellos que esperan. En Hanezu no hay juicios sino miradas, no hay escenificación sino acercamiento. Eso sí, son de esas propuestas que a ciertas horas de la noche cuestan asimilar con el cuello recto.

El lunes llegaban Tarr y Na Hong-jin (director de The Chaser), junto a una de las sorpresa del festival: la explosiva Bellflower. Para muchos The Yellow sea les ha parecido superior a The chaser, y pese a no compartir su opinión es innegable que el segundo film del director surcoreano es un potente thriller bien llevado y bien dirigido, pero alejado de mi top del festival. En cambio el debut de Evan Glodell es la versión visceral del chico-conoce-chica desde una óptica tan arriesgada como freak.


Para acabar el día tocaba una de las apuestas más ridículas y divertidas que he tenido el placer de ver. Underwater love no paró de levantar aplausos durante su proyección, y es que este musical pink tiene infinidad de tachones que, en conjunto, levantan una propuesta que al pasarse de absurda roza la genialidad. Así que no dudéis en darle al play y cantar como si no hubiera mañana. Por cierto, el hippie que veis en el trailer representa a la Muerte... y lo de la perla anal lo dejamos para otro día.



Amanece el lunes con Revenge: a love story, de Wong Ching-Po, film que narra el arranque de un romance entre dos tarados, condicionado por una violación múltiple y su correspondiente venganza. No hay mucho que rascar en un film áspero y directo que muestra la perversión de la pureza frente al abuso policial ante los débiles, pese a no ser, para nada, un mal film. Y con ese ánimo y con ganas de sorprendernos entramos a Bellflower, de Evan Glodell, una maravillosa mezcla de géneros para una historia de amor y amistad. Si bien, a priori, suena a algo mil veces visto, su desarrollo y apuesta visual la convierten en una rareza imprescindible que finalmente se ha alzado con el premio del jurado joven.

domingo, 9 de octubre de 2011

Sitges 2011: Días 1 y 2


Tercer día en Sitges y ya rondo la decena de films. La capital mundial del cine de género prometía ser más relajada y, pese a la maravillosa compañía de muchos amigos de la crítica, la mayor atención la estan acaparando las películas. De momento ya han caído algunas de las más esperadas de esta edición, como Mientras duermes o Another Earth, conjugadas con otras pequeñas sorpresas y bizarradas varias que le dan tanto encanto al festival.

Empezamos con el film de Balagueró, Mientras duermes, un thriller de excelente factura y un calado no demasiado habitual en la filmografía del director. Tosar borda un personaje vampírico que conecta Mientras duermes con la actualidad y lo patrio, con envidias y dependencias, logrando un film potente que solo pierde fuelle en su alocada recta final. Por otro lado, Another Earth (Mike Cahill) supone una decepción para un film que se vendía de maravilla con su trailer. No en vano Fox le ha echado el guante para distribuirla, y puede ser un film que funcione bien en cartelera, pero no deja de ser un mero aprobado con una historia que prometía oro. Personajes rotos, reiteración y ensimismamiento pueblan este film independiente que encuentra en el género su salvación, ya que sin dicha sinopsis hubiera tenido muy complicado hacerse hueco en el festival.


Kill me please, de Olias Barco, era mi toma de contacto con el festival, y no salí decepcionado. El film nos lleva a una clínica de muerte asistida para todos aquellos que, motivos aparte, decidan acabar con su vida. Allí les intentan persuadir y si no resulta posible, les facilitan la muerte que ellos deseen, creando el instante para dichos clientes. Hay sangre, humor negro y tarados, así que la diversión está garantizada. Algo parecido pasaba con la nueva apuesta de Xavier Gens, The Divide, con un recuperado Michael Biehn, pero la cosa no fue para tanto, por desgracia. El film nos sitúa en un sótando donde unos pocos han conseguido refugiarse de un ataque nuclear, condenado a convivir durante largo tiempo a la espera de que el polvo radioactivo les permita salir de nuevo a la calle. Obviamente surgen conflictos entre personajes demasiado estereotipados y la cosa acaba en dramón, dejando por medio un desarrollo algo forzado, previsible debido a lo limitado de su premisa aunque excesivo por momentos.


Más floja es aún Hell, del debutante Tim Fehlbaum que se esfuerza por crear algo digno pero que acaba siendo un pastiche más con buena presentación pero sin chicha. A saber, caos, hambruna y una subida exagerada de las temperaturas en la Tierra, cosa que viste al panorama con galas post-apocalípticas, gente mala en las cunetas y menús humanos. Aunque si Hell os puede dar pereza, no quiero imaginar qué os puede dar Trash Humpers, de la que no voy a comentar nada porque con el trailer tenéis de sobras para haceros la idea de la propuesta.



Y ante tanto gris, se planta Sion Sono con su desparpajo y pone tetas, a Kafka, a Mahler y borbotones de sangre para su Guilty of romance, un film a caballo entre el drama y el thriller. Algo menos excesivo que en Himizu o Love Exposure, nos cuenta el descenso a los infiernos de la prostitución por parte de la perfecta esposa, casada con un conocido escritor y volcada en satisfacerle en sus manías. Pero cuando una brecha deja filtrar mínimamente el contenido, es cuestión de tiempo que las apariencias estallen en mil pedazos, dando pie a esas rectas finales demoledoras a las que nos tiene acostumbrados el director japonés. Y mientras Sono levanta aplausos, Kim Ki-duk nos deja con cara de póker ante su extraña apuesta, Arirang, un film docu-drama-ficción donde el director retrata su día a día recluido en soledad tras alejarse del mundo del cine. Con intención de hacer un film sobre sí mismo y una planificación muy trabajada, Ki-duk se "desnuda" en cámara soltar espuma por la boca reconociendo sus ganas de rodar y su miedo a ello, atizando a muchos que él considera traidores. Y es que supuestamente su reclusión se remonta a 2008, y a ello se aferra para lamentarse, sin hablar tanto de crisis creativa sino más bien de una crisis existencial en un director acostumbrado a la popularidad. Así a ratos conmueve, a ratos emociona y a ratos es ridícula, alternando esa brillantez con un egoncentrismo y repetitividad exagerado.


Aún le queda mucha cuerda al festival, así que en pocos días vuelvo por estos fueros para contaros las novedades. ¡Sed malos!

 

domingo, 18 de septiembre de 2011

El árbol de la vida: Aburrirse


Era de esperar que el film de Malick despertara pasiones e iras a su paso por la cartelera patria, y más cuando la tendencia del director norteamericano ha ido acercando su cine a la abstracción y la reflexión, términos poco amigos de los multisalas. Y de entre los argumentos más socorridos para suspender El árbol de la vida se encuentra el aburrimiento, escudado en lo críptico de la propuesta o lo anodino (para algunos) de algunos de sus pasajes. No puedo estar más en desacuerdo: aburrirse con el film de Malick es de haber perdido por completo la inocencia.

El film de Malick representa la mirada del niño vista desde el recuerdo del hombre, imbricando preguntas que no buscan respuesta y una visión de la vida mucho más honesta que la habitual y rancia que puebla el cine comercial (y gran parte del invisible). Y sin embargo una historia mucho más tangible y cercana a nosotros acaba por resultar anodina, a apelar al "no conecté con el film" como criterio artístico (perpetuando males endémicos de la crítica) y a desgastar la comparativa con 2001: una odisea del espacio cuando ambos films se parecen lo que un huevo a una castaña, víctimas del subjetivismo propio al que han llevado las plataformas digitales.

El film de Malick es el mejor del año, de manera incontestable, y puede que el mejor de lo que llevamos de siglo, no sólo por lo que es sino también por lo que supone, ya no solo en ciertas redefiniciones de un lenguaje cinematográfico poco habituales en el mainstream sino por su ambiciosa manera de plantear el cine como un arte total. Y con ello, más allá de gustos y religiones, El árbol de la vida supone un film técnicamente irreprochable en el que su filosófica narrativa no nace de la forma ni la apoya sino que conforma una unidad que no entiende de porcentajes en una simbiosis que para otros censuramos ya sea por pedante o por lucimiento técnico.


Manu Yáñez decía desde las páginas de Fotogramas que "sólo queda esperar a tener la oportunidad de revisar esta obra monumental, que merece ser estudiada al margen de la agitación, urgencia y espesura de la vida festivalera. [...] Démosle un tiempo a esta obra desconcertante y extraña, cuya traumática primera proyección dejó en paños menores a los críticos del Cannes 2011", y esas urgencias festivaleras son equivalentes a las de los sites digitales que no dejan pasar ni 24 horas para pronunciarse sobre un film que no acaba tras la proyección sino que crece y crece al volver a él. En mi caso fue un largo rato el que pasé sentado en un parque al acabar el film, observando a la gente mientras volvía sobre ciertas escenas del film, pero entiendo que resulta más fácil volver a casa raudo construyendo un discurso vacuo fundamentado en el aburrimiento de un film al que no hemos dejado entrar.

El árbol de la vida es uno de esos contados films que marcan época en la industria y el arte, que mientras genera división entre los espectadores se va creando un hueco en la historia que llevará a preguntarnos dónde estábamos nosotros el día que se estrenó. Tan cercano como ambicioso, universal y local, poético y terrenal, pero sobretodo tremendamente humano. No hablamos de ser pionero sino de elevar y fusionar elementos ya tratados en otros films para dotarlos de una majestuosa fuerza y belleza que insta al espectador a, como dice Blutarsky en La casa de los horrores, "convertiros en un lienzo puro e inmaculado" para aprehender lo que Malick quiere decirnos. En un mundo donde el "todo está inventado" se cree su propia mentira, Sergi Fabregat afirma "todavía se puede soñar en un cine, en un mundo más allá de las estrellas". Hay films cuyo visionado provoca un exclusivo "gracias", balbuceado antes de volver a caer en un mutismo necesario, porque cualquier comentario se vuelve absurdo ante semejante espectáculo.

 

sábado, 20 de agosto de 2011

En busca de Bobby Fischer: desvíos... cine... ojalá...


Llevaba días dando vueltas a cómo empezar este texto. A priori, la repetición de un gol en el PES 2011 llamó mi atención por el uso de la profundidad de campo, cosa que me llevó a equiparar mi estupidez con mi curiosidad y, con ello, a prestar atención a si realmente el ojo humano desenfoca aquello a lo que no prestamos atención. Con ello pretendía enlazar las mentiras que aceptamos creer del cine con el film de Zaillian, en tanto que las películas son puntos de fuga inmaculados sobre los que tejemos texturas tangibles en las que vivir nuestra propia vida. La realidad es material sobre el que construir una ficción eterna en forma de fotografías y videos cada vez más sofisticados, donde el ojo del aficionado ha aprehendido las formas que visten al cine.

Pero azar o nostalgia se cruzan de improviso, y tras un film de Garrel era imperativo repasar el video que de la boda de una de mis hermanas hice. Ya en ese video buscaba huir de formatos caseros, manipulando tiempos y sucesos a mi antojo a sabiendas que ese video será, finalmente, el único testimonio perenne del evento. Siete años y un divorcio han pasado ya. No hubo descendencia. La chica que iba de mi mano emigró a brazos más cálidos y los rostros de mi familia son una sombra de antaño. Mi sobrino ya es un hombretón y mi padre un señor mayor que ya vio marchar su último tren. Y ahora todo cobra sentido, porque ese video es una ficción, el reflejo de algo que ni tan sólo existió, un momento del que no queda rastro sino tan solo mentiras. Mentiras sobre las que llorar, no solo porque no ocurrieron, sino porque las tuvimos en la mano y las dejamos escapar, dejando vivo su recuerdo y, en él, el aroma amargo de la oportunidad marchitada. Las imágenes son, a veces, refugio.

El Washington Square cinematográfico ...
 
En busca de Bobby Fischer es un manual sobre cómo deberían ser las cosas fuera del celuloide, una visión idílica del drama con final feliz que exigimos a ese cine en el que buscamos cobijo, ese cine cuya conclusión marca un camino racional o emocional, en un claro síntoma del rol que el cine representa en nuestras vidas. Cuando un film dramático cierra en hálito de esperanza, identificamos nuestros anhelos a las imágenes e interiorizamos los hechos para llevarnos el film a casa en el pecho, mientras que los finales demoledores, aquellos que fusilan la lucha, tendemos a valorarlos desde la prudente distancia que marca la racionalidad, aceptando su condición de cine y, por ello, su evidente ficción e improbable cabida en nuestro devenir diario. Probablemente el adverbio "mañana" sea el único gran motivo de la existencia del cine, el que da sentido a la esperanza.

Por ello es difícil apartar la mirada de la opera prima de Steven Zaillian ya que, en su condición de drama clásico, sublima todos y cada uno de los quehaceres de sus protagonistas como si fueran definitivos, y más cuando la infancia se cruza con el drama y la lucha con el mito. Así es como la adaptación de la infancia real de Josh Waitzkin encuentra su hueco a base de un juego agresivo y vertiginoso, donde el tempo de lo cotidiano se abandona por el efectismo que demandamos en la experiencia impostada que supone una película. Porque aceptamos lo verosímil en tanto que resulta probable en nuestras manos, mientras que rechazamos emocionalmente lo increíble (en cuanto a drama se refiere) alegando la escasa viabilidad (y utilidad) que ello tendría en nuestra vida. Ya saben, "la palabra precisa, la sonrisa perfecta" que cantaba Silvio...


El Washington Square real ...


En En busca de Bobby Fischer todo es perfecto y equilibrado, casi quirúrgico, haciendo pivotar sobre su protagonista un reparto coral que añada los suficientes momentos bisagra donde el consejo de cada uno de ellos se convierte en trascendental para el inevitable enfrentamiento del joven contra la adversidad, representada por otro jugador juvenil de ajedrez. Así el clásico aprendizaje de nuestro héroe pulula sobre los problemas adultos de su entorno, adquiriendo así la madurez necesaria, no solo para tan noble arte, sino para la vida misma, hecho para nada baladí sino condición necesaria para ganar profundidad argumental en un film sobre, a priori, una temática minoritaria.

Por ello el film se antoja como un ideal intangible sobre como debería ser el paso a la madurez, donde no hay hecho ni frase gratuita o estéril, donde los pequeños conflictos se solucionan en la misma escena, quemando etapas a ritmo cinematográfico y con un absolutismo conductual que no deja lugar a dudas sobre cómo deberían resolverse los conflictos si la vida fuera como el cine. Así es como, ante el cine, reaccionamos como ante una bofetada (si lo rechazamos como pura ficción) o como ante un consejo (si aceptamos su juego), porque el visionado de un film supone un bombardeo de experiencias significativas basadas en ficciones que desafían al gris de lo cotidiano, donde nada ocurre como el cine nos ha enseñado, donde no somos protagonistas ni tenemos la respuesta perfecta. Por eso el visionado de un video de boda se convierte en una oda a la nostalgia, porque el cine es el reflejo de todas las oportunidades que dejamos marchitar.

 

sábado, 30 de julio de 2011

El sistema: Tropa de élite vs La soledad del corredor de fondo

 



Existen dos visiones distintas del sistema en el díptico firmado por Jose Padilha: como placebo y como excusa. Enfundados en la piel del capitán Nascimento vivimos la lucha contra el mercado de la droga en la favelas brasileñas de Río de Janeiro. El BOPE trabaja más allá de lo ético y lo legas para combatir aquello más allá de lo ético y lo legal, pero son los motivos a ambos bandos los que los diferencian, mientras ese ente llamado sistema (grupo de gente que decide) capea su incapacidad para afrontar el problema restando notoriedad a las intervenciones militares del comando del capitán Nascimento. Así, el sistema justifica la necesidad del BOPE mientras ejerce de apagafuegos ante la opinión pública, siendo el sistema casi un aparato al servicio de una organización con un objetivo tan claramente definido que los desvíos intencionales parecen disiparse en un férreo pensamiento único.

Sin embargo, la secuela eleva de rango a Nascimento para dotarlo de perspectiva ante el funcionamiento interno del sistema, demostrando que la mierda flota y asciende capa a capa los estratos sociales de Río de Janeiro. Si el BOPE mira hacia abajo se encuentra a si mismo como remedio, pero si mira hacia arriba se descubre como excusa para permitir el mismo tipo de contrabando contra el que lucha, pero en su propia casa. Nascimento conoce tanto ideales como enemigos, y por ello hiere al sistema desde dentro, dejando que se desangre y aceptando que la mierda que sube volverá a caer sobre las cabezas de los inocentes. Ambos retratos resultan maniqueos (más en palabra que en acto), pero con ello se alcanza un equilibrio donde el BOPE, moralmente, adquiere significado.



Richardson aborda de manera diferente la lucha contra el sistema en La soledad del corredor de fondo, vistiendo de rebelde a su protagonista. En ella no existe propiamente el sistema, sino que es el propio mundo quien no parece dar cobijo a Colin, liberado de la ley familiar (el padre) pero sometido a la ley nacional (policía) en ese tránsito a la supuesta madurez que supone liberarnos del yugo paternal. Así es como su lucha no tiene más objetivo que perpetuarse hasta hacer indistinguibles correr de huir, pulmones de perseverancia. De esta manera no expone hechos sino que se apoya en un contexto socio-cultural inherente al espectador, alineando estados anímicos y no motivos o excusas, para perfilar, no a un protagonista estático en su evolución, sino al sistema que representa el centro de menores junto al propio grupo de reclusos. No hay empatía hacia uno u otro bando porque ambos nadan a favor de corriente, mientras Colin carga sobre sus espaldas (sin justificación explícita) los males de ambas posturas.

No hay guerra en el film de Richardson, sino una mera batalla a ganar sabiendo que la única victoria final es pariente cercano de la vista en Quadrophenia. El motor de La soledad del corredor de fondo no es el activismo sino el pesimismo, hermanándose así con La evasión y asumiendo que el individuo es impotente si no forma parte de un colectivo. No eran tiempos para héroes, ni lo siguen siendo, sino que el mártir se convierte en el catalizador o el chivo expiatorio en sociedades del bienestar donde el anonimato del vecino no es motivo suficiente para abandonar nuestro sillón, donde la comodidad es más importante que la justicia y la gente como yo nos engañamos al creer que escribir sirve de algo. Por eso el film de Richardson goza de mejor madurez de la que le espera al film de Padilha.

 

martes, 12 de julio de 2011

Transformers: el lado oscuro de la Luna: “Estás buena, pero no eres muy lista.”


Publicada en Cineuá:

Nadie puede negar que la fórmula de Michael Bay funciona: lleva más de 3000 millones de dólares recaudados con sus ocho films anteriores. Ello le ha valido para coronarse como el rey del Blockbuster y, mientras la crítica se ha cebado cada vez más con sus películas, él ha demostrado interesarse poco en dichos juicios de valor, escudado en los magníficos números que en taquilla han tenido sus criaturas. Es más, como causa o efecto de críticas y recaudaciones, sus films han ido perdiendo factura en pro de espectacularidad, ahogando añejos destellos de brillantez para apostar por fórmulas cada vez más simples y directas, por concebir el cine como un entretenimiento asociado siempre a una pantalla grande en un mundo de home cinemas y portales de descarga.


Quizás todo el cine de Michael Bay sea una gran broma para poner sobre el tapete el agotamiento de un modelo, siempre a caballo de las modas; o tal vez sea simplemente la postura de un cineasta más comprometido con su público que con su obra, aunque desde luego su filmografía es sinónimo del cine como espectáculo a partir de los 90. A partir de ese hecho podemos empezar a resaltar rasgos que puedan mostrar a Bay como un rebelde dentro del sistema, un agitador que sólo entiende el gesto como hipérbole y que ejerce la crítica desde la obviedad, a la manera en que era escondida la lejana carta robada que Poe narró. De hecho, parafraseando a uno de los robots de la segunda entrega en su valoración sobre Megan Fox, el cine de Bay está bueno, pero no es muy listo… o eso parece.


Y es que Bay coge el sueño americano para anabolizarlo, poniendo a personajes que bien podrían aparecer en las obras de Capra y Homero ante hecatombes donde más que actuar, deban reaccionar. Así, el outsider opta a la gloria y con ella a la chica siempre por fastuosos derroteros donde el ideal americano no surge de la evolución de un carácter, sino de un despertar repentino a una realidad incuestionable. Así es como, habitualmente, la sociedad americana ha huido de las crisis de valores para abrazar de nuevo el sueño americano: con plomo. Y si planteamientos simplistas encuentran eco en el público, de poco sirve el rechazo crítico, ya que la mayor crítica la constituye su éxito.




Si retomamos La isla (The Island, 2005), nos encontramos con personajes que viven en una anodina felicidad perpetua, estilizada hasta el paroxismo, y que al descubrir su oculto propósito vital deben atravesar el infierno para ser “normales”. Crisis de valores, plomo, sueño americano. Algo parecido sucede en Pearl Harbor (2001), donde básicamente el sueño americano se construye sobre los únicos supervivientes de la guerra, dando un twist tan pesimista como bizarro al relato de amor clásico y dejando las decisiones en manos del acierto de los tiradores nipones. En el caso de Transformers se hace patente el concepto de sueño americano como clavo ardiendo en el momento que el personaje de Sam Witwicky completa una trilogía sin evolución alguna, más allá del cambio de estado para acomodar el happy ending, asumiendo el compromiso con la chica de turno solo a través del estatus de héroe en historias donde ni tan solo es el verdadero protagonista. No importa el contexto ni los motivos, aquello que permanece inmaculado tras la batalla son los valores que impelen a procrear con la primera aspirante a starlet que nos acepte, a tener mejor coche que el vecino y una posición económicamente acomodada.


Bay es consciente de la capacidad de abrumar que tienen las imágenes, del colapso esencial del posmodernismo al desvestir cada vez más de significado al encuadre, y su manera de reivindicarlo, cual mártir yanki, es hundir su propia carrera entre fuegos artificiales. Sólo así se explica su cine cada vez más deliberadamente extenso y vacío, agregando a su universo puntuales tendencias visuales en conjuntos de set pieces bélicas que, cada vez menos, necesitan de un hilo conductor, porque el fastuoso conglomerado visual no es más que gore digital alejado de cualquier tipo de emoción humana. Así pues, con Transformers: el otro lado de la Luna (Transformers: Dark of the Moon, 2011) presenta su baza más ambiciosa: una oda al cine para máquinas.


Por eso la tercera entrega de Transformers se antoja tan necesaria, porque se presenta como epitafio a un cine ahogado por su propio creador, un contundente retrato de ideales allende los mares que bajo la excusa del entretenimiento abofetea mentes incapaces de despertar ante el constante bombardeo visual del mainstream, las televisiones, youtube, ipads, etc. El experimento Ludovico ha fracasado y, cuando las altas esferas del pensamiento no son capaces de dar respuesta, es momento de acudir a la sabiduría de personajes como el Makinavaja y entonar aquello de “En un mundo podrío y sin ética a la gente sensible sólo nos quea la estética”. Quizás el día que Bay obtenga su primer fracaso importante se refugie en su mansión, se prepare un acicate, ponga algún canal de noticias y sonría pensando para sí mismo “joder, por fin lo habéis entendido.”

 

sábado, 18 de junio de 2011

La puerta del cielo: Life happens...


Me he criado en una familia esencialmente de izquierdas, aunque prácticamente apolíticos, más aferrados al populismo partidista que no a la conciencia crítica. La inercia es el cobijo de quienes creen que no pueden cambiar nada y, si se va la luz, se va primero en casa propia y después en el resto del vecindario. Por ese sentimiento izquierdista arraigado sin cuestionamiento alguno me sorprende escuchar a mi infante sobrino despotricar contra los inmigrantes por causa y motivo de las ayudas económicas que reciben y que a él le vendrían de perlas para adquirir el enésimo videojuego de moda, amparado en arribistas sentencias fruto de una multiculturalidad disjunta. Total, la culpa es siempre del vecino.

Ante eso no puedo más que reflejar lo actual que resulta un film como La puerta del cielo, cobijando en mi sobrino las dos facetas que Cimino plantea: la pérdida de la inocencia y la xenofobia, ambas íntimamente ligadas. Porque al fracaso siempre se le buscan padres mientras de los méritos siempre reclamamos la paternidad y, en ese proceso, gota a gota, cerramos puertas a sueños cuidados con mimo durante años para asumir un presente que creemos equivocado, una distopía que no hemos pedido ni creado y que no admite devolución sino que invita a la queja mascullada. Ya se sabe, la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes.


Así arranca La puerta del cielo, con la vital graduación universitaria de unos jóvenes dispuestos a comerse el mundo, la antesala del triunfo convertida en un instante donde mortalidad, fracaso y tristeza parecen conceptos creados para otros. Fundido a negro, elipsis y la imagen misma de la decepción: un hombre de aspecto descuidado durmiendo en un tren. Si bien el tren representa el viaje omitido, el aspecto del protagonista choca frontalmente con la pulcritud vista en su presentación, así como la inagotable jovialidad se torna en la apacible e improductiva cabezada impensable en quien se mostraba incansable en su búsqueda de la felicidad. Con ello Cimino siembra ya el núcleo emocional de su narración: la nostalgia.

A partir de aquí el relato crece a lo ancho, añadiendo variables sentimentales e ideológicas para elevar su canto a la pureza de la juventud en un país/mundo obstinado en convertir sueños en quimeras. Y en ese desarrollo vemos como la aparente simpleza a la que invita la ingenuidad se torna en retorcidas problemáticas más propias de quien ya no tiene sueños: ni la chica del bueno es realmente suya, ni el malo no solo no es tan malo, sino que es amigo íntimo del bueno y pretendiente de la chica. Es en esa elipsis que hay tras el arranque donde el cine esconde habitualmente lo superfluo, lo innecesario, lo que llamamos vida y que básicamente es el incidente que motiva el resto del metraje.

Todo lo demás en La puerta del cielo es anticlimático, desubicado, incómodo, como la amargura de un infante, que no debiera estar ahí. Supongo que es cierto aquello de que jamás se vuelve al hogar, y que a medida que crecemos cada vez estamos más lejos del sitio en el que queremos estar, tiñéndose blancos y negros en grises y con un amargo bagaje de errores que definen lo que somos. Por todo eso el film de Cimino se antoja como el último refugio de los perdedores, el último tren a un destino que creímos perdido, justicia y chica como recompensa y la esperanza de una pizarra limpia al abandonar el campo de batalla. Pero no, la vida es amarga, y poco importa la bella compañía en alta mar porque las elipsis, pese a todo, existen.

Así que toca buscar esos pequeños oasis (curioso que no tenga plural...) y olvidar pasado y futuro, suspendernos en la inopia y vivir nuestro particular 4 de Julio, llevándome a mi sobrino a tirar petardos como si no hubiera mañana, y como si tampoco hubiera habido ayer. Porque la puerta del cielo no existe, por más que la busquemos, por más metraje que se añada, porque el campo estará por siempre plagado de cadáveres y los cuerpos marcados por los pecados, de los que arruinan carrera, hunden productoras o pervierten la inocencia. Sólo los muertos alcanzan el olvido, y esa es la verdadera puerta del cielo.

 

sábado, 11 de junio de 2011

Jackass 3D: la sofisticación del dolor

 


No puedo evitarlo, cada vez que veo este video me parto el ojete. Es posible que sea un fake, pero tanto me da, el chiste no está en lo verídico sino en el conjunto audiovisual. Este ejemplo es uno de mis mitos de Youtube, pero estoy seguro que cada uno de vosotros tiene los suyos propios, y habitualmente asociados no precisamente a la excelencia humana. Los videos que acosumbran a correr como la pólvora entre cuentas de correo acostumbran a provocar una sonrisa o sonora carcajada, o bien un profundo asco o vergüenza ajena, pero rara vez la admiración.

No entraré en la psicología que nos mueve a reirnos del mal ajeno (¡no sabría!), pero sí en como un producto como Jackass reboza la esencia del dolor ajeno para conventirlo en entretenimiento para masas. Porque ya no hablamos de Videos de primera o Humor amarillo, donde el dolor era un acto tan violento como fortuito sino que aquí el protagonista busca el dolor como fuente de diversión, vistiendo el acto de fiesta para banalizar la violencia.


Simple, ¿no? Pero a la vez creativo, o capaz de sorprenderte (para bien o para mal... o para ambos) y transmitirte un ambiente donde no parecen existir reglas ni aburrimiento. No sublimaremos los méritos de la saga Jackass, pero al igual que nos contagiamos de la fresca irreverencia que ya vimos en Resacón en Las Vegas, además Jackass transmite por el simple hecho de ser real. Ahí es donde para el espectador contemporáneo conecta con las películas porque sus protagonistas se parte literalmente las pelotas para que nosotros nos partamos la caja, dando un plus de dedicación a un mercado netamente comercial.

Con ello tenemos una bella disociación, ya que somos conscientes que el dolor que sienten sus protagonistas es tan intenso como real, pero se suavizan las formas y se recurre al montaje para que lo obviemos más allá del impulso instintivo, en pro de una lúdica teatralización: no es lo mismo una patada voladora en la cara entre fornidos luchadores, que la patada voladora de un miembro de una brass band (en gallumbos) a otro (en mayas), provocando que el segundo parta una piñata con la cabeza.


En el caso de Jackass se consigue la inversa de la verosimilitud que se busca en el cine, ya que tendemos a pensar que todo tiene truco y que poco de lo que vemos es real, pese a la constante muestra de contusiones (y sin embargo, poca sangre). Así es como el genio loco de Knoxville transmite una extraña sensación de vitalidad, de dulce locura donde nuestro percepción de ser inmortales se pone a prueba constantemente en una loca celebración de la vida. Sí, suena cursi, pero os aseguro que al acabar cada una de las entregas es difícil no esbozar una sonrisa mientras extrañamente piensas lo bien que se lo pasan unos doloridos chiflados.

Y eso enlaza con Youtube y la propia industria del entretenimiento, siempre a la búsqueda de nuevas maneras de sorprender al espectador (¿Guaypaut?), adaptando constantemente el formato en función de las necesidades del espectador. Si bien ciertos géneros reclaman ficción (aventuras, terror), otros piden un acercamiento realista (drama, comedia), derivando casi todos los formatos televisivos en aquellos géneros que piden verosimilitud. Aunque como todos sabemos, nos aburrimos pronto de las cosas.


De ahí que Jackass se haya superado entrega por entrega, puliendo la fórmula y estilizando la violencia para presentar un inocuo espectáculo donde el dolor parece ficcionado. En pocas palabras, un hombre disparando con el culo una cerbata hacia un globo sujetado por el culo de otro tipo sólo resulta gracioso cuando lo vemos, no cuando lo verbalizamos, y Jackass está plagado de infinidad de gilipolleces que sólo al verlas resultan brillantes, eso sí, con el habitual añadido de golpes en las pelotas, vómitos, gritos y risas.

Y es que muchas veces buscamos que el entretenimiento no sea una experiencia intrascendente, buscando significado a propuestas que meramente deben hacernos olvidar que el tiempo no se para. Con ello, añadimos matemáticas a la genética y, en ocasiones, excusamos nuestras tendencias apelando a virtudes formales o lugares comunes varios. Los gustos van por barrios, pero en mi caso reconozco abiertamiente que mientras la primera generación de los X-Men me hacía dar algún que otro bostezo, me he tragado la trilogía de estos locos suicidas con más carcajadas que pestañeos.

 

martes, 17 de mayo de 2011

Océanos: Naturaleza escenificada


Últimamente ando sumido en entender qué parte de culpa tiene el cine en el condicionamiento de nuestra manera de entender la vida. Tangencialmente hablé de ello al reseñar de La marcha del millón de hombres y El último exorcismo, y ahora, tras el visionado de Océanos, me topo con una problemática parecida. Y es que es innegable que el cine tiene su propio lenguaje, como así lo tiene la informática, la naturaleza y otros tanto que, al ser captados a través de una cámara se malinterpretan. Y es que por sutil que sea, por inocuo que parezca, cuando escenificamos verdades no solo aprehendemos de la experiencia sino que asimilamos el formato.

Océanos arranca con una pregunta: ¿Qué es el mar? A partir de aquí elabora su discurso a base de imágenes preciosistas, dando pinceladas (casi siempre verbales) de la ingerencia del ser humano en el equilibrio natural y cierra con un claro veredicto sobre la acción del hombre sobre los mares. Hasta aquí el documental cumple con lo habitual en la actual oferta de este tipo de productos, apoyando en la imagen la casi totalidad del mensaje a la manera en que lo hacía Home, como proyecto definitivo y global en forma de poema a la Tierra. De hecho, lo más habitual y coherente es plantar la cámara y dejar que las imágenes hablen, aunque la manera en que se lleva a cabo varía mucho dependiendo tanto del formato (y del público al que va dirigido) como del ojo del ejecutor que lo lleva a cabo.


Si bien en Home la materia base de las imágenes era la composición y la perspectiva, en Océanos se apela a la continuidad de la belleza. Yann Arthus-Bertrand (director de Home) optaba por la deformación profesional (fotógrafo) para aislar la instantánea y ofrecernos un punto de vista externo, mientras que Perrin y Cluzaud (directores de Océanos) optan por la escenificación al pie del cañón creando un universo cinematográfico tangible, una visión asequible del mundo submarino, un anhelo irrefrenable de contemplar in situ el espectáculo. Así es como, a la hora de traducir en imágenes lo que los abismos submarinos esconden, recurren a una puesta en escena cinematográfica, a un lenguaje inteligible y aceptado para el espectador de cine que no busca un documental al uso sino uno que vista galas de película.


Y conceptualmente me parece fallido, ya que entramos en la ficción, en la manipulación, en el mero spot publicitario que apela a los resortes cinematográficos para impresionar al espectador, hecho que anula por completo su premisa: si el producto es bueno, no necesitas mentir sobre sus bondades. Así es como durante el film asistimos a infinidad de planos y secuencias calcados a los que el cine ha creado en el imaginario colectivo (¿o el cine calcó a realidad?), al constante uso de la música y la cámara lenta así como a un montaje muy estudiado para crear de la nada núcleos narrativos. Todo ello ayuda a asfixiar el componente real que tiene Océanos, ya que “lo que vemos” deja de ser “lo que es”, pero en una sociedad bombardeada por el audiovisual lo real pierde peso frente a lo escenificado, frente a la épica de los encuadres y lo gloria de los acordes.


La belleza de observar in situ el nacimiento de las tortugas y su lucha por llegar al mar antes de ser presa de las gaviotas ganas fuerza (visual y dramática) cuando montaje, encuadres y banda sonora orquestan una puesta en escena a medio camino entre Con la muerte en los talones y Los pájaros, siendo un highlights de la experiencia que supondría para nosotros presenciar ese momento sin tratamiento audiovisual alguno. Con ello se ensalza un “se mira pero no se toca”, una ficción que sabemos tan real como intangible pero que apela casi exclusivamente a los seductores (y afrodisíacos) poderes de la belleza para justificar un mensaje que poco o nada tiene que ver con la estética. Ese reduccionismo aplicado al ser humano para justificar su preservación supondría un insulto, así como la crueldad de ciertas escenas podría considerarse inmoral, pero Perrin y Cluzaud marcan así una clara separación donde el mundo submarino no goza de los privilegios de los que goza el malvado ser humano. Los propios creadores traicionan su mensaje.


Por otro lado, Océanos busca en ocasiones humanizar los comportamientos animales (plano subjetivo incluido), como en la escena plenamente narrativa donde dos criaturas submarinas se enzarzan en una pelea cual salidos de un bar, con cierta bis cómica que no hace sino que humanizar a dichos seres. De nuevo tenemos un ficcionado que busca el despiste, vistiendo de humanos a las criaturas marinas y con ello denotando que, de per se, no tienen nuestro status. La cámara no está al servicio de la preservación de la fauna marina, no se sitúa a su altura, sino que opta por una perspectiva humana con la que revestir el mundo submarino de ecos humanos y flecos cinematográficos, apelando a un hermanamiento falseado a través de la puesta en escena.

Por ello Océanos se torna en un documento tan bello como tramposo, en imágenes con voz propia que se ven traicionadas por un mensaje tendencioso que confunde formato con sentido. Pese a eso, el documental de Perrin y Cluzaud puede disfrutarse más allá del mero panfleto oscarizable para ser entendido como mero espectáculo visual de mundos tan reales como lejanos, con los que maravillarnos sin necesidad que condicionen (sin argumentación) nuestra postura sobre el deterioro de la fauna y flora marina. Aunque lo cierto es que el presente encumbra mensajes donde la belleza es el mayor argumento y el cine su mejor vehículo.