sábado, 2 de enero de 2010

El Intruso: La cirugia del momento


Toda historia se compone de instantes, retazos de tiempo y significado que adquieren sentido como un todo. Su ordenamiento es igualmente necesario cuando entendemos que la lógica exige un lugar concreto para cada uno de esos momentos. Dicha lógica es la que lleva de manera natural al espectador a entender las historias como unidades finales que, a modo de puzzle, nos invitan a ordenar esos momentos y piezas para obtener un único resultado.

Ahora bien, en el cine la forma condiciona el fondo, y el cómo contamos las cosas altera inevitablemente el contenido, añadiendo a la fórmula una tercera variable: la manera en que el espectador percibe lo que está viendo. Así pues un mensaje cualquiera vestirá trajes más o menos favorecedores que, a la postre, podrá verse desvirtuado en mayor o menor medida una vez se hayan hecho eco las retinas del receptor.

Y es que la necesidad de coherencia dentro del mensaje no implica que el orden en que lo percibamos deba ser invariablemente lineal, como ya vimos en Memento o en la más reciente (500) Días juntos. En El Intruso (Claire Denis, 2004) nos encontramos de nuevo con una fragmentación desordenada de la historia que la directora francesa nos presenta, pero con una intencionalidad en dicho montaje que se aleja por completo del visto en los films antes comentados.

Si Nolan pretendía equiparar nuestra experiencia con la de su protagonista, Denis dinamita la propia arquitectura del relato sin buscar que los instantes den sentido
al todo, sino que ese todo justifique los instantes. La simpleza de la historia no se torna compleja por desordenada, sino porque el peso específico de la narración recae en la cirugía de esos instantes aislados, tratados con mimo en su análisis, estudiados, liberados de las ataduras narrativas y finalmente devueltos al global de la historia.

Y en ese desorden juega Denis para hablarnos de intrusos, buscando que el montaje potencie su mensaje más allá de lo que la lógica narrativa al uso permitiría, emparentando instantes sin buscar necesariamente el contraste, sino nuevos significados, mostrándonos otros paisajes de una historia que invariablemente acabaremos por completar. Así se deconstruye la esencia de un hombre, no de sus actos.

Y con esas variaciones formales presenta Denis el motor de la historia, el efecto de un intruso en nuestro devenir cotidiano. Desde los perros que nos son bienvenidos por alterar al resto o el hijo y el padre considerándose mutuamente intrusos, al hecho de portar en el pecho un corazón ajeno que pagamos para que dejara de latir y más tarde para que ejerciera de nuevo. Ese intrusismo y las consecuencia (no narrativas, sino intrínsecas al dibujo del personaje) sirven como motor, jugando con los sutiles contrastes y el minimalismo cuyas goteras conforman la historia de El Intruso.

Ahora bien, tres factores lastran la cinta (¿o ahora debería llamarse disco?) de Denis: coherencia en el montaje, ritmo y el espectador como tercer factor antes comentado. Sobre el primer lastre cabe decir que se antoja más caprichoso o accidental que no re
almente justificado el tramo final de cinta donde los hechos ocurren ordenadamente, rompiendo con la estructura respetada durante la hora y media anterior. No es imperativo respetar el desorden de montaje, pero tampoco llega al espectador razón aparente para ser despistado con dicho cambio.

Sobre el ritmo es algo más complejo opinar, ya que el film apela directamente a la participación activa del espectador. Largos planos sin diálogo y mayoritariamente
con un sólo personaje se pasean por el film, algunos aportando información y otros buscando un eco a través de la pantalla. No es que la búsqueda de dicha interactividad sea algo punible, pero sí se ve lastrada en tanto que su protagonista pasa la mitad del film tumbado tocándose el pecho. Tampoco podemos apelar simplemente a la belleza de esos planos ya que, de nuevo, su protagonista pasa la mitad del film tumbado tocándose el pecho. Y cuando no consigue siempre Denis implicar al espectador, este siente que dicha escena sobra.

El papel que el espectador juega durante el visionado de El Intruso es sumamente importante a la par que el peor enemigo del film. Ese hecho subjetiviza aún más, si cabe, la valoración que se pueda hacer del propio film, cargado de escenas que la percepción del espectador debe completar. No es un problema durante la primera mitad del film, pero las escenas se tornan repetitivas y carentes de interés a medida que avanza el metraje. Pero sin duda en este apartado es donde la propia arquitectura del film juega en su contra, dejando que muchos momentos sean una mera excusa para que el espectador sitúe temporalmente la escena que le precede y la actual, sin permitirle propiamente zambullirse en el fragmento que Denis disecciona. Y para cuando decidimos saltar al vacío a disfrutar de la propuesta sin intentar ir más allá, nos topamos con escenas insustanciales cuyo contraste con las anteriores se ve rápidamente sin necesidad de extenderlas.

Y es que El Intruso nos abre la puerta, nos invita a pasar, a acomodarnos plácidamente, para más tarde mostrar un comportamiento extraño, invitándonos a té pero exigiendo que nos lo hagamos nosotros, y si podemos plancharle la ropa, mejor, que tiene que ir a recoger a los niños al colegio. De esta manera el film se nos antoja una casa ajena a la que no hemos sido realmente invitados, en lo que no nos sentimos cómodos, en la que el verdadero intruso somos nosotros.

6 comentarios:

M. Jordan dijo...

Creo sinceramente que cuando toca acercarnos a films como este, hablar de estructuras, lógicas y otras herramientas heredadas del acercamiento al cine clásico, se quedan insuficientes.

"No es que la búsqueda de dicha interactividad sea algo punible, pero sí se ve lastrada en tanto que su protagonista pasa la mitad del film tumbado tocándose el pecho. Tampoco podemos apelar simplemente a la belleza de esos planos ya que, de nuevo, su protagonista pasa la mitad del film tumbado tocándose el pecho."

Eres un exagerado que además no entiende el concepto de interactividad puesto lo relacionas a la inacción del protagonista. Precisamente de esa inacción surge la interactividad. Claro que no es punible, otra cosa es que guste. Los vacíos de Lost molan, pero los de una pava francesa con aires d'auteur no. Definitivamente, not ready for Straub y Huillet.

redrum dijo...

Gracias por tu sinceridad, Mónica. No cabe duda que hay muchas cosas para las que no estoy ready.

Las herramientas que comentas no las uso como heredadas del cine clásico, sino como algo común a todos los espectadores. Por defecto se espera que los hechos ocurran ordenadamente, te guste el cine clásico o los sugus de piña.

No relaciono el tema de la interactividad con la inacción del protagonista, sino con la repetición de escenas muy parecidas, y que apelando a mi propia percepcion de lo que propone, me pareció redundante. Y eso es inapelable en tanto que eixge un irremediable "en mi opinión".

He intentado acercarme al film libre de prejuicios (de hecho no me desagradó) y valorarlo como buenamente he podido. Si eso significa que al cine moderno no se le pueden poner pegas porque es caer en tópicos, o que la única solución es escribir idas de olla, jamás podremos escribir lícitamente algo malo sobre un film.

13 lakes como ejemplo: "Es que me parece un coñazo ver tanto rato un lago". -> "Es que es precisamente eso! No lo entiendes!" Pues genial, no podemos poner pegas a nada.

1 saludo y gracias por comentar!

Ivan dijo...

¿Existen sugus de piña? nunca me tocó ninguno creo recordar, lo digo en serio, jeje.
Si os poneis así tendré que ver la peli, ya que si no es un acercamiento con herramientas clásicas, y tengo la suerte que tampoco vanguardista, igual ha inventado algo nuevo esta película. La veré.
¿13 lakes? no la conocía, intentaré verla también. Aunque ha salido por ahí Straub & Huillet, y ya me da miedo entonces :P

M. Jordan dijo...

Los de piña eran los azules (el papel, eh!)

En Cine Ambigú (los martes a las 20:30 y las 22:30, este año en los Verdi) hacen este mes un repaso a tres de las películas de Claire Denis, incluyendo la última de sus obras que tanto reconocimiento se ha labrado en los festivales a los que ha ido.

Sólo apunto.

redrum dijo...

Toda la razón para Mónica, eran los del papel azul.

Iván, tampoco son herramientas cuando precisamente yo no tengo ni idea de teoría.

La idea era hablar sin idas de olla de lo bueno y malo que he encontrado en el film, sin prejuicio hacia ningún tipo de cine, como suelo hacer.

13 Lakes no la he visto.

1 saludo y gracias por comentar!

Ivan dijo...

Yo también tomo nota entonces, igual me animo a pasarme.
Pues lo de los sugus de verdad que no me acordaba xD.

Saludos!!