sábado, 4 de diciembre de 2010

Peter Weir y la puesta en escena


Repasando la filmografía de Peter Weir, señor muy ducho en lo que es la puesta en escena, me he dado cuenta de la poca atención (consciente) e importancia que le había estado dando a tal elemento. Y lo más curioso/sangrante de todo es que me he dado cuenta a través del tipo de montaje (otro elemento al que no suelo estar muy atento) usado en sus primeras películas. Y es que nunca es tarde para aprender.

Y curioso me pareció que Weir en su opera prima sólo usara un encadenado en la introducción del film, un fundido en negro al cierre y se bastara con cortes para solventar el resto del film (y prácticamente toda su filmografía). Cierto es que The cars that ate Paris es un film sin apenas cambios de localización exagerados ni saltos temporales, pero demuestra Weir una seguridad en su puesta en escena impropia en un debutante. No en vano es guionista de la mayoría de sus films, algunos de ellos basados en sus propias historias, sumando al proceso creativo su labor como director, dejando poco margen de improvisación o arreglos al montador.

Y es que las escenas que rueda Weir son claras y concisas, claramente intencionales o, en términos "matemáticos", funcionales. Si vemos un diálogo, sabremos dónde se hallan los personajes, el lugar que ocupa cada uno y la acción colindante si es necesario, dando margen a los primeros planos cuando el guión/emoción lo exige. Si por contra toca aprovechar la banda sonora y las localizaciones, la escena nos ubicará no sólo a nosotros, sino también a los personajes, los roles que ocupan en la narración y su estado anímico, para ahorrar diálogos en una labor a la que supuestamente va destinada la banda sonora. Conociendo el plano final de Gallipoli o el diálogo sobre el melodrama el personaje de Sigourney Weaver y el de Mel Gibson en El año que vivimos peligrosamente se entiende fácilmente cómo Weir trabaja para la historia.

Es por ello que a Weir se le etiqueta como un director de corte clásico, ya que la cámara siempre está al servicio de la historia. Pero no deja de ser una seña de identidad el montaje de sus films junto al evitar que el protagonismo de la cámara sea meramente un lucimiento formal que entorpezca la trama. Prueba de ello la tenemos en esa rotunda obra maestra del cine de aventuras llamada Master and Commander, donde cualquier que la haya visto puede entrar directamente a trabajar en un buque de guerra. Y es que las nociones de navegación y de los roles dentro de un barco quedan tan claro sin necesidad de convertir el film en una enciclopedia, simplemente a través de las pinceladas del guion y de su puesta en escena, que resulta imposible no saber porqué tienen desventaja en un enfrentamiento, qué narices es el barlovento o qué rango tiene cada uno de los oficiales que comparte escena con Crowe.

De esta manera Weir consigue reducir la distancia que separa la pantalla de un escenario teatral, a base de los encuadres, de la justa duración de los planos y del número de cortes necesarios para contar su historia, haciéndo saber al espectador donde ubicar incluso aquello que puede o debe quedar fuera de plano. Weir demuestra un perfecto dominio en uno de los aspectos más complejos del cine como es la puesta en escena, y por ello es de justicia considerarlo como uno de los directores más interesantes de un panorama actual que tiende más al desequilibrio entre forma y fondo.

 

2 comentarios:

Ivan dijo...

Muy buena reflexión, aunque cuidado con lo del estilo clásico, que había muchos directores que si se les notaba el estilo, y eran clásicos, jeje.

Saludos!!

redrum dijo...

A eso me refiero, Iván, a que la supuesta transparencia no es tal cuando denota realmente un estilo, pero lo habitual es que se considere una dirección invisible (y por ende clásica) cuando no se nota la cámara.

Eso en cuanto a dirección pura y dura, pero como cineasta aún se nota mucho más su estilo en facetas como el guión o el montaje.

Escenas tan sugerentes como las de Picnic en Hanging Rock, tan oníricas, las hay también en films como La costa de los mosquitos o El club de los poetas muertos, que poco o nada se parecen en temática.

1 saludo y gracias por comentar!