domingo, 17 de octubre de 2010

Sitges 2010: Recta final


Arranca mi jueves de buena mañana con el pase de prensa de We are the night, la nueva propuesta de Dennis Gansel tras La Ola. Cierto recelo había tras lo comentado por otra gente así como por el espantoso poster, y lo cierto es que el film es de lo más flojo visto en el festival con una historia de vampiras a la conquista de la noche berlinesa. No hay dobles lecturas claras dentro del film ni un acercamiento interesante o innovador al género de vampiros, siendo una historia plana con una plana dirección, unos personajes prototípicos y nada interesante a lo que aferrarse. Queda la sensación de ser un producto meramente funcional dentro de una industria regida por las modas, que doblegan incluso reputaciones de directores con más talento del que les dejan demostrar. No en vano Darren Aronofsky se ha confirmado como el director de la secuela de X-Men Orígenes: Lobezno.

Tras el film de Gansel llegaba una de las cintas más esperadas del festival, Monsters, del debutante Gareth Edwards. El film se sirve de la invasión alienígena como excusa para tratar el nacimiento de una relación en un mundo caótico que sirve como metáfora de las relaciones sentimentales. A medio camino entre La guerra de los mundos spielbergiana y el Antes del amanecerRichard Linklater se retratan unos personajes heridos en un viaje donde a través de conocerse el uno al otro, acaban conociéndose a sí mismos. Un film interesante y personal que puede decepcionar según se encare, pero que opta por huir de los tópicos del género para encontrar su propia identidad, encontrando en los alienígenas ecos de nuestra propia esencia. de

Tras la ración de sci-fi de tinte autoral tocaba dar un paseo por el documental con Colony, de Carter Gunn y Ross McDonnell. Colony se centra en el negocio de la apicultura y en el problema al que se enfrentan al ver como enjambres enteros desaparecen sin causa aparente. A partir de ahí vemos los paralelismo entre la sociedad americana y la jerarquía de un enjambre, así como religión y negocios se mezclan en un mercado donde la polinización de cosechas es el mayor ingreso de los apicultores. También se habla de los pesticidas como posible causante del desorden de derrumbamiento de colonia, confrontando el mercantilismo con la vieja escuela de negocio representada por una familia católica. Interesante a ratos, y difuso a otros siempre resulta valioso por retratar un mundo normalmente desconocido.


Y la siguiente sesión representaba para mi el lujo de poder ver La Cabina y El bosque del lobo en pantalla grande y con la presencia de Pedro Olea en la sala para presentarnos el montaje definitivo de su film. De La Cabina poco os tengo que contar porque debo ser de las últimas personas del mundo en haberla visto, pero su demoledor final me pareció desolador tras el crescendo dramático de la pieza. En cambio El bosque del lobo no me pareció un gran film, aunque obviamente el tiempo siempre hace estragos con ciertas joyas del cine. De hecho el mismo Olea afirmaba que la censura ayudaba a que el film fuera más insinuante que explícito, ganando puntos para una historia más valiosa como retrato de sociedad que como película.

Tras el viaje en el tiempo tocaba volver a la sci-fi de la mano de Earthling, segundo film de Clay Liford en el que nos narra la aceptación de la procedencia de su protagonista. A modo de thriller navegamos a través de las divergentes emociones de una protagonista en plena metamorfosis en un caos reflejada en la narrativa. Interesante, aunque mucho menos aprovechado de lo que se puede ver en cintas como How to live on Earth, dejando la sensación de que el McGuffin no justifica tanta deriva.

Y el plato fuerte del miércoles se presenta con una maratón a la 1 de la madrugada y compuesta por The wild hunt e In the woods, propuestas radicalmente opuestas. La primera, dirigida por el debutante Alexandre Franchi, nos narra el periplo de un joven por recuperar el amor de su pareja. El problema se da cuando ella se refugia en un juego de rol real, creyéndose su personaje y sometiéndose a la voluntad de su líder, mientras el protagonista deberá acercar posturas con su hermano al ser una de las estrellas de dicho juego. Así se muestra la fantasía como una barrera en la pareja o como un refugio al que huir, cediendo terreno The wild hunt a los tópicos y cayendo en lo fácil. No pasa lo mismo con la cinta del griego Angelos Frantzis, que apuesta por sumergir a tres protagonistas en medio de la naturaleza para filmarlos con una cámara de fotos y dejar que las escenas broten. Apenas hay diálogos, apenas hay acción, y son los detalles, los gestos y las miradas los que crean una narrativa tan densa como el espectador esté dispuesto a aceptar, sin rehuir el sexo explícito.

Cerrado el miércoles con tan radical apuesta para altas horas de la madrugada, tocaba empezar el viernes con la esperadísima cinta de Apichatpong Weerasethakul, que obviamente crearía la habitual división de opiniones dentro de la crítica. Y es que en un cine tan personal como el del director tailandés el acercamiento lo es todo, sin que haya cabida a reticencias, sospechas o expectativas, siendo necesario entregarse de lleno a una visión del cine tan limpia como única, poblada de referencias culturales ajenas y fascinantes. Y ahí reside el problema de un término medio que apenas es posible cuando su director deja tanto margen al espectador, demostrando que su independencia no tiene precio y pariendo un film interesante sin ser, para mí, el mejor de los que he podido ver suyos. El Tio Boonmee que recuerda sus vidas pasadas nos habla de fantasmas, de leyendas y de la aceptación de la muerte como un paso más dentro del devenir de las almas, buscando una bucólica naturalidad en el impostado habitual que rodea al más allá en el cine. Desde la plasticidad de sus encuadres y elocuencia de sus (escasos) movimientos de cámara nos sumergimos en diferentes épocas donde pasado y presente (¿y futuro?) conviven en una harmonía que, al igual que deja la puerta abierta a la crítica política (los fantasmas como reflejos de las víctimas del enfrentamiento entre los revolucionarios comunistas y el gobierno tailandés, que pobló de cadáveres el lugar donde se ha rodado el film) puede encararse como la conciliadora concepción del cine de un autor que creció con Indiana Jones, disfruta del cine norteamericano de catástrofes y pese a todo se le encasilla en el ghetto de "autor festivalero", mientras él reivindica lo popular de su cine.

Propuesta diametralmente distinta es Atrocious, rodeada de una potente campaña viral para dar credibilidad a su sinopsis. Y es que lo de "basado en hechos reales" ya se queda corto, y las películas se venden como reales (nada nuevo, snuff legal), pero montar protestas falsas contra el documental a la entrada de la sala me parece indignante. Como indignante es el film en sí, las supuestas grabaciones de una familia asesinada en Abril de este año en Sitges, montadas para disfrute del espectador. Y es que todo huele a refrito barato donde apenas existe tensión ni frescura, y mucho menos verosimilitud cuando todo se confía a la credulidad de un espectador mucho más curtido de lo que los creadores de Atrocious creen. De lejos, el peor film que he visto en el festival.


El día aún dio de sí para films como Bedevilled, escrito y dirigido por Jang Cheol-soo. El film venía de ganar el premio del público en el Fantastic Fest celebrado en Austin, donde Secuestrados había ganado el premio a mejor film de terror y Sound of Noise el de mejor film en la sección de fantástico. Animado tras haber disfrutado con las dos ganadoras ya vista en Sitges tocaba afrontar la apuesta surcoreana, que venía precedida de un reguero de sangre. Y es cierto que violencia no le falta, ni le sobra, pero tras acumular tantas horas de butaca los trámites se convierten a veces en duras batallas que librar contra la vigilia. Y es que a Bedevilled le cuesta más de medio film arrancar, preocupado por convencernos de lo que ha de llegar, exagerando las motivaciones para equilibrarlas con las consecuencias, pero en un festival como Sitges nunca se considera "violencia gratuita" un término peyorativo, por lo que gran parte de su metraje se hace reiterativo, un abuso emocional. El resto da lo que promete, rienda suelta a una protagonista cargada de rabia infinita haciendo estragos en una isla que representa la muerte frente a la ansiada Seúl. El premio en el Fantastic Fest confirma que es un buen film, muy bien llevado y sin caer en delirio de grandeza alguno, pero las casi dos horas de metraje se pueden hacer excesivas cuando no se pretende escarbar en una historia con apenas dobles lecturas.

Y cerrando ya el viernes era hora de una de las posibles sorpresas del festival, Simon Werner a disparu del también debutante Fabrice Gobert. A caballo del drama juvenil, el thriller y el noir, Gobert nos plantea una narración fraccionada donde las versiones de cada uno de sus protagonistas ayudan a desvelar el misterio de las desapariciones de los jóvenes de un aula del instituto. Así navega el espectador entre sospechosos que resultan no serlo, inocentes que no lo son tanto, motivos que no existen y azares con los que no contaba para un relato más atractivo por la forma que por el fondo pero que no acaba de ser notable en ningún aspecto, pese a la cacareada banda sonora de Sonic Youth compuesta expresamente para la película.

Y tras los sinsabores del día anterior, era hora de encarar el último día del festival con la sangrienta propuesta de Kim Ji-woon llamada I saw the devil. "Brutal" es la palabra que mejor engloba las sensaciones al abandonar la sala, tanto por el contenido como por la asfixiante puesta en escena del director surcoreano, que apuesta por las emociones primarias para dar forma a un relato sobre la venganza. Cabe añadir al protagonista de Old Boy como antagonista del relato, con la dosis de violencia que extradiegéticamente añade al relato frente a un inmaculado y joven policía dispuesto a sublimar el dolor de su rival para alcanzar la venganza. Y pese a alguna laguna argumental y lo excesivo de su metraje, I saw the devil es un film que cumple sobradamente con lo que promete.

Todo lo contrario que Into Eternity, documental firmado por el documentalista danés Michael Madsen que trata sobre la problemática de almacenar residuos nucleares con vistas a su aislamiento a 100.000 años vista. El documental entero es una duda que se perpetúa a través del metraje para reposar sobre las incógnitas de lo que depara un futuro para el que debemos hacer previsiones en el presente, alertando del peligro de la tumba nuclear de nombre Onkalo a los futuros habitantes de esa región. De hecho el propio film se postula como documento a esas futuras generaciones y el propio Madsen no duda en incluirse una y otra vez con sus opiniones en un documental que peca de vago. Interesante temática con la que atraernos, pero una excesiva repetición de conceptos y el constante goteo de preguntas sin respuesta (acorde, por otro lado, con lo que propone el director) hacen que le falte garra, así como ciertos momentos hilarantes hacen cuestionarse la seriedad de la propuesta.





Más conciso era Fin, film de Luis Sampieri sobre la incomunicación de la juventud y amparado en la rabiosa actualidad importada de oriente. En Fin nos sumergimos en la relación entre tres jóvenes que no se conocen y que parecen estar unidos por algún plan que desconocemos. Las reticencias harán actos de presencia a medida que ejecutan lo planificando sin dar pistas al espectador mientras poco a poco se nos retrata a cada uno de los tres personajes, parcos en palabras. Con momentos brillantes y otros demasiado contemplativos es fácil despistarse al tener tantas fugas el hilo narrativo y resultar tan obvio el desenlace del film, sin entrar a posicionarse o indagar sobre las motivaciones de sus protagonistas.

El penúltimo film de mi maratoniana experiencia en Sitges era Isolation, una de las tantas rarezas que podemos disfrutar en el festival y que nos sitúa directamente en la sala de aislamiento de un hospital donde una cirujana convertida en paciente será prisionera de una cuarentena sobre la que poca información le darán. Dirigida por Stephen T. Kay cuenta con un par de caras conocidas entre el reparto y se vale de apenas un escenario para situar la angustiosa acción. Resulta fácil perder el pulso de la narración con tan pocos medios, y ni siquiera con injertos de exteriores se suaviza una narrativa que acaba pecando de convencionalismos pese a habernos engatusado ya con su sinopsis. Y es que el pastel entero acaba dependiendo de la guinda y, en este caso, suena a conformista todo un desarrollo sin garra que tampoco consigue coger por sorpresa al espectador.

Y finalmente tocaba cerrar el festival con una dosis de sangre como la que propone el remake de Day of the Woman, I spit on your grave, de Steven R. Monroe. De nuevo la venganza como eje central de un film a cuyos protagonistas tuvimos para presentarlo, y donde se apuesta por lo directo para preparar su tramo final. Y el problema es el desequilibrio entre la preparación del tramo final y el propio tramo final que, como sucedía en Bedevilled, se torna excesivo (mucho más en este caso) y obvio, casi rutinario. La idea es plantear la sangrienta venganza de una mujer violada y supuestamente asesinada por unos habitantes de la América profunda, y para ello no son necesarios más de noventa minutos de metraje, gastados básicamente en crear el suspense previo a la violación de la protagonista, jugando por enésima vez al despiste con personajes que no son lo que aparentan. Ciertamente su violento tercer acto levantó aplausos por lo salvaje (aunque incomprensible) de la venganza, pero en su cómputo total resulta un film flojo marcado por la necesidad de plasmar ciertas escenas y crear alrededor de ellas un hilo conductor que dé sentido al relato.

Ahí acabó Sitges 2010 para un servidor, rondando la cuarentena de films, el letargo mental y la pulmonía. Sobre los premios hablaremos otro día, así como de los films más destacables y los recuerdos y mejores momentos que me he traído de la presente edición del festival. ¡1 saludo!

2 comentarios:

M. Jordan dijo...

Ahora te toca lanzarte a votar Tropical Malady después de tanto tiempo después de haberla visto. Ha sido un placer haber compartido colas y butacas ;)

redrum dijo...

El placer y honor es mío, desde luego ;)

Votada está, aunque le debo un revisionado como colofón a cuando haya visto toda su filmografía.

Ya hay ganas de repetir ambas experiencias de nuevo.

1 saludo y gracias por comentar!