jueves, 21 de agosto de 2008

STALKER: Un lugar llamado Esperanza


Afrontar la crítica de un film de Tarkovsky es tan complicado como complejo es el visionado de sus films. Para un director cuyas obras debían ser autorreferenciales, sus films más que películas eran estudios de luz, de fotografía, de cine y ensayos, el equivalente cinematográficos a El clave bien temperado de Bach. El cine de Tarkovsky trasciende la propia experiencia para ser un análisis de él mismo.


Para muchos, STALKER (también conocida como La zona) es la obra más representativa del director ruso. Un film sencillo en cuanto a puesta en escena y personajes, pero profundo en el uso de esos recursos, pausado, con un acertado uso de los silencios (como en las grandes sinfonías), en un conjunto perfectamente orquestado para llevar al espectador donde el director quiere, a La zona, el lugar donde todo es posible.

Cuentan que mucho tiempo atrás cayó un meteorito o una nave espacial en la Tierra. Tropas fueron enviadas, pero jamás volvieron. Sitiado por militares y considerado como un temido milagro, se mantiene en secreto el lugar conocido como La zona. A ella sólo acceden unos pocos, guiados por los conocidos como STALKERs, que burlan la seguridad e ilegalmente guían a sus viajeros a La habitación, el lugar donde los deseos se cumplen.

En dicho viaje se verán envuelto el STALKER, un escritor y un científico, a través de La zona, donde todo cambia, donde no existen los atajos ni las líneas rectas, donde un paso en falso puede ser el último y dar marcha atrás significa morir. Una prueba de fe, un viaje introspectivo donde la habitación es una representación física de nuestros profundos deseos, puertas que no siempre deben ser abiertas.

Nada casuales son los roles de los personajes, donde el STALKER, cual dantesco Virgilio representa la fe, mientras filosofía y ciencia recaen en los otros dos personajes, donde la mayor parte del film se desarrolla entre sus conversaciones y cómo toman decisiones en función de su papel. Un viaje a ciegas alejado de la razón y la ciencia, en un paisajes conocido y devastado, regido por reglas extrañas, tan complejas como el propio ser humano, o como la filmografía de Tarkovsky.

Pero más allá de su poliédrica historia, se eleva sobre ese discurso un apartado visual impresionante, cuidado hasta el límite. Con planos cíclicos, escenas auto-contenidas y todo tipo de travellings, la maestría de Tarkovsky asombra, no sólo por la manera, sino por la intencionalidad, como el hecho de usar tonos grises en las escenas fuera de la zona. Las imágenes traspasan la pantalla dando la sensación que sentimos la brisa del viento, el frescor del agua, mientras nos impregnamos del barro que culpe a los protagonistas.

De un ritmo extremadamente lento, nos convertimos en el cuarto viajero, el lienzo en blanco que aprende en su travesía, que se impacienta con lo precavido del guía, que se altera con el debatir de los personajes, y que en muchos momentos duda de que exista la habitación como destino. Entretanto, buscamos dentro de nosotros la fe para creer que algo nos espera al final del trayecto. Tarkovsky no busca que entendamos plenamente su mensaje, sino que disfrutemos de su poesía.

Si la habitación representa la esperanza, el camino es su opuesto, un paisaje desvastado, donde las ruinas cercenan las imperfecciones del ser, y la naturaleza purifica lo que queda de bueno en ellos, en una catarsis que deja al desnudo la condición de cada ser que se planta a las puertas de semejante entelequia. Eso es el cine, eso es Tarkovsky, no la sucesión de fotogramas en una pantalla, sino la experiencia del espectador como elemento indispensable de la historia.

En definitiva, un film tremendamente complejo, una prueba, un reto, una obra única para cada espectador, íntima y descarnada, necesaria. Paisajes privados que no acostumbramos a disfrutar, ruinas del ser que abandonamos y tememos. Si la habitación somos cada uno de nosotros, todos somos esperanza y milagro.

Lo mejor: El plano final bajo los acordes de Beethoven, un ejemplo más de la portentosa intencionalidad del film. El Himno a la alegría como símbolo de esperanza, escuchado por una niña, aparentemente sorda, gracias a las vibraciones de un tren al pasar, de la misma manera que Beethoven "escuchaba" su música.

Lo peor: Su lentitud y densidad hacen elegir el momento para disfrutarlo sea un esfuerzo titánico.

El dato: El film está inspirado en el accidente nuclear acontecido en 1957 en Cheliábinsk, y basado en la novela Picnic en el camino, de los hermano Arkadi y Borís Strugatsky.

2 comentarios:

Mr. Lombreeze dijo...

Stalker, una experiencia tan hipnótica como coñazo. Está a partes iguales. De ahí la dificultad de muchos para verla hoy día. No me convence Tarkovsky, se pasa de pajero mental. Aunque en lo de manejar la cámara sea un genio.

redrum dijo...

jajajaja! En síntesis vengo a decir eso en la crítica, sí.

El problema con Tarkovsky es el concepto que de cine tenemos cada uno, ya que el ruso entra directamente ahí, en un terreno de nadie, donde cada obra es única.

Reconozco que me fascinó, pero me tomaré mi tiempo hasta ver otra...

¡1 saludo y gracias por comentar!